‘Margolaria’ o pintar la música dentro del cine

Begiak zarratzen direnean, gogoa hiltzen denean, orduan hasten da dena, orduan argitzen dena, orduan jaiotzen, dena, orduan zabaltzen, dena

Cuando se cierran los ojos y muere el pensamiento, entonces empieza todo, todo se ilumina, todo nace, todo se expande

Margolaria, Mikel Urdangarín

La idea de todo esto es que los sentidos se equivoquen. Que la persona escuche, vea, toque, no importa: que la persona sienta. Oier Aranzábal limpia su imagen de color, oscurece los contornos y sitúa en el centro del escenario —y de la escena, por extensión— a Mikel Urdangarín, personificación del cancionero vasco contemporáneo, armado con su guitarra. Canta Margolaria, la canción que dibuja el nombre de este documental a medio camino entre la exploración del personaje, el pensamiento sobre las grietas del arte y la más pura road movie. La canción se va componiendo como un cuadro; de igual manera que la película se construye a medida que la luz se proyecta sobre las pantallas. Margolaria funciona como clímax y catarsis, pero también como punto de partida: ese es el lugar en el que las cosas empiezan a gestarse, también el lugar al que todas las cosas vuelven. Margolaria es algo así como el arte. Es algo así como el amor.

Explica Oier Aranzábal que la idea de filmar esta película nació en el momento en que todas las cosas nacían: la idea de grabar Margolaria aún se perfilaba como una luz lejana en la mente de Mikel Urdangarín. El objetivo, pues, era relativamente paralelo al del álbum. La intención última de Aranzábal, igual que la de Urdangarín, era la de ahondar en los espacios compartidos por la música y la pintura, añadiendo, en su caso, el elemento cinematográfico al diálogo. Sin embargo, consciente de que la figura del cantautor —pese a su popularidad en el País Vasco— puede resultar desconocida para un público general, decidió primero dibujar el contexto: «No quería centrarme demasiado en repasar su carrera, pero era inevitable tener que explicar al público quién es e introducir su figura, así como ponerla en valor». Simultáneamente, perfila también a algunos de los músicos que forman parte de la banda de Mikel, prestando especial atención a Nika Bitchiasvili, su violinista: «Fue primer violín en la orquesta de Tbilisi, y decidió marcharse a Europa a dedicarse a la música. Al llegar a Madrid, se quedó sin nada. Acabó, como se muestra en el documental, tocando en funerales. Era un contrapunto muy interesante para la figura de Mikel, quien acumula ya 20 años componiendo y viviendo de su música. También era importante a la hora de poner en valor lo complicado que es lo que Mikel ha conseguido hacer«.

Fotograma de ‘Margolaria (El pintor)’.

A partir de ahí, Oier Aranzábal construye su narrativa: «Nunca rehuimos al documental: seguimos a Mikel a través de su viaje a Londres, sus ensayos, dentro de su estudio, en los conciertos, el backstage… Lo que sí queríamos, sin embargo, es que la narración no estuviese estructurada mediante las técnicas del documental televisivo actual. A través del montaje, del empalme de secuencias concretas, la imagen se resignifica. Queríamos integrar esa narrativa cinematográfica dentro de nuestra mirada documental. Quería, eso sí, estar por encima del biopic de Mikel Urdangarín: que el protagonista fuese el artista y eso diese paso a una reflexión acerca de sus puntos en común con Alain Urrutia, su amigo pintor, o Kirmen Uribe, su amigo escritor. Que hablásemos no ya de música, sino de creación artística. Cada uno de ellos, individualmente, tiene una historia concreta. Todos ellos juntos, sin embargo, adquieren un relieve diferente».

Además, Oier Aranzábal da continuidad a esos puentes tendidos y los aplica no sólo a los distintos campos artísticos, sino a las diversas culturas que componen un imaginario complejo, ecléctico y, sin embargo, común. Habla, por ejemplo, de los vínculos entre las culturas vasca y japonesa. «Creo que las culturas comparten muchas más cosas de las que vemos. Tienen muchos puntos en común que no llegamos a percibir porque quizá no comprendemos el idioma: creo que los viajes a Okinawa o Londres lo que nos muestran es que la cultura, en esencia, es universal. Cada código, cada lengua, lo que hace a fin de cuentas no es más que reflejar una parte de aquello que somos«. Pintando el arte, pintando el mundo. Margolaria (El pintor), de Oier Aranzábal. Margolaria, de Mikel Urdangarín. Un mundo en blanco y negro: que la memoria escoja sus colores.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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