Matemática de la emoción

Para ejecutar con eficacia un trabajo publicitario, es fundamental conocer los mecanismos que funcionan con el público al que te diriges. Para ello, es importante prestar atención al funcionamiento previo de otros productos similares al que tú ofreces, tratando de hallar patrones concretos y aplicarlos de manera conjunta y coherente. La puesta en marcha de estos procesos sirve, ante todo, como arte preventivo: si conocemos la fórmula del éxito y la seguimos de manera metódica, los riesgos se minimizan. Tenemos muchas más posibilidades de que nuestro producto sea bien recibido por aquellos que nos interesa que lo reciban. Y nuestra empresa publicitaria podrá seguir en marcha. Yéndonos a un caso concreto: si lo que tratamos de vender es una película —una comedia romántica, concretamente—, tendremos que retrotraernos a las cintas similares que se han producido en el pasado. Eliminando los elementos de riesgo y apuntando con mecánica eficacia a los objetivos marcados en rojo obtendremos una película bien empaquetada, preparada para ser colocada debajo del árbol de navidad perpetuo que son las salas de cine. Resitúo la conversación: hablamos, claro, de la nueva película de Patricia Font, Gente que viene y bah. Un ejemplo modélico de la aplicación de este frío y mercantil proceso.

Para analizar el guión de Gente que viene y bah, firmado por Darío Madrona y Carlos Montero —creadores del fenómeno televisivo y juvenil del año pasado, Élite— y basado en la novela homónima de Laura Norton —autora de No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas—, conviene retroceder hacia la fórmula básica de la comedia romántica contemporánea de Hollywood. El eje narrativo de la película es el personaje de Bea —Clara Lago—, una joven arquitecta que comprueba cómo su vida se desmorona al ser engañada por su novio y despedida de su trabajo. En ese momento de crisis personal, Bea decide regresar a su casa familiar, donde se reencuentra con sus tres hermanos y su madre —Carmen Maura—, quien, para colmo, les confiesa que le queda un año de vida. Sentadas las bases del conflicto y una vez nos introducimos en la rutina de reestablecimiento vital de Bea, aparece el clásico personaje masculino que le devuelve la esperanza.

Los distintos picos dramáticos están ubicados con meticulosa precisión, generando una sensación casi impertinente de estar trabajando la emoción de manera matemática

El tono de Gente que viene y bah se sostiene con comodidad en la ligereza, aplicando un cierto aire de indiferencia festiva ante los —por naturaleza— trágicos eventos. La construcción de sus personajes se detiene en lo estereotípico —la joven artista independiente, la mujer fuerte y seria, la chica desordenada y caótica, la madre despreocupada, el hombre superficial, el joven homosexual con dificultades para intimar con sus emociones, etcétera— y no muestra interés en profundizar o matizar a ninguno de ellos, disponiéndolos como una serie de piezas que se desplazan por el tablero en busca de subrayar la tesis fundamental del film: que nada es demasiado importante ni lo suficientemente triste como para hacer que dejemos de disfrutar de las personas a las que queremos. Un leitmotiv loable, pero nada más que un leitmotiv. Volvemos, pues, a la génesis publicitaria, que también trabaja mucho con líneas de contenido similares a las de Gente que viene y bah. Aquí no existe una preocupación latente por el contenido, sino que se busca crear un aparato danzarín que no dé ningún paso en falso.

Nos marchamos del guión y aterrizamos en lo cinematográfico. La puesta en escena de Patricia Font —realizadora joven que firma aquí su primer largometraje tras las cámaras— trabaja siempre a favor de obra. La orquestación de los elementos de Gente que viene y bah está bañada en un obvio pragmatismo, destinado a —insisto— conseguir que la película no arriesgue su caída en ningún momento. Así, tanto la dirección como el montaje se reducen aquí a limpiar lo máximo posible la narrativa visual de la película, siguiendo siempre al personaje que es centro de acción y sin recrearse en elementos innecesarios; Gente que viene y bah incide en el lirismo paisajista cuando la situación dramática así lo requiere y agiliza su montaje cuando el tempo de la narración se acelera. Nada parece fuera de lugar. Todo está bien pensado, bien medido. Los distintos picos dramáticos están ubicados con meticulosa precisión, generando una sensación casi impertinente de estar trabajando la emoción de manera matemática. Sé que esa es la intención. Sé que este es un producto de naturaleza industrial.

Es complicado hablar sobre películas que no proporcionan palabras para discutir. Siento, al escribir sobre Gente que viene y bah, que puedo variar muy poco mi discurso respecto a otras películas ya discutidas aquí, como puede ser el caso de Miamor perdido. Hay algunos que encontrarán gratificación en destrozar a una película, pero yo siento que no sería justo: tras esta cinta está el trabajo —quizá no elevado artísticamente, pero sí eficaz— de muchas personas, el tiempo de muchas otras. Y no es ésta una cinta destinada a acaparar foros de debate cinematográfico, sino a encontrar un marcado nicho de espectadores dispuestos a acudir al cine y recibir una cosa concretísima. Estoy seguro de que Gente que viene y bah no decepcionará a esas personas. Al menos, pone todo de su parte para no hacerlo.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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