Meritxell Colell: “Los verdaderos afectos están en el día a día”

A veces, el visionado de un fragmento de película sirve para intuir a una cineasta extraordinaria. Es algo bonito, que no creáis que sucede todos los días. ¿No lo habéis sentido? Es una sensación muy íntima, de expansión personal. Estás sentado frente a la pantalla y notas una vibración nerviosa, la pulsión de unas fibras internas que se abren, que sufren el incesante aguijoneo de la obra que las invade. Cada día estoy más convencido de que es por esta clase de instantes tan profundamente catárticos, estos momentos en los que algo logra hacerme sentir minúsculo y abrumado —insertados como estamos en la marea incesante de la indiferencia—; es por ese efímero tránsito por lo que el cine nos engancha de una forma tan viciosa, tan inexplicable. A mí me pasó eso viendo Con el viento; confío en que vosotros la veáis y podáis sentir lo mismo. La responsable, la creadora que está al otro lado de esa gran película, se llama Meritxell Colell.

Embriagada por Jonas Mekas y el cine que nace desde lo íntimo, esta directora barcelonesa aprovechó, a sus 22 años, una beca de la Universitat Pompeu Fabra para marcharse a Buenos Aires. Allí vivió durante tres años y allí regresa siempre que tiene la posibilidad, tras haber generado esa duplicidad en su concepto de hogar. Al volver, surgió en ella la idea de rodar la película que ahora se acaba de estrenar. El proceso ha sido largo, claro. De hecho, no ha sido hasta una década después de que sucediese todo eso cuando Meritxell Colell ha podido regresar una vez más a Buenos Aires para dar comienzo, desde allí, a su primer largometraje: Con el viento.

Además de su fuerza expresiva, de su plasticidad y su fisicidad, ocurre que el cuerpo tiene memoria. Reacciona solo, inconscientemente, siempre respecto a la experiencia

“Es muy extraño cuando uno regresa a casa tras haberse vinculado con otra ciudad. Algo en ti ha cambiado, y también lo ha hecho en los demás. Sin embargo, tu relación con esas personas continúa en el lugar en el que la habías dejado. Ahí siempre existe un vacío, da igual que mantengas la comunicación. El día a día no tiene nada que ver con comunicarse a distancia. Ante el vacío que sentí yo al regresar, después de tres años en Argentina, quise pensar qué pasaría si la duración de la ausencia hubiese sido mucho mayor. Cómo reharía los vínculos dejados atrás una persona que lleva 20 años lejos de su casa”. Eso es lo que le ocurre a Mónica —interpretada por la coreógrafa Mónica García en su debut en la interpretación cinematográfica—, que regresa a su hogar tras pasar dos décadas fuera, al enterarse del crítico estado de su padre, enfermo de alzheimer.

El hecho de que Meritxell Colell eligiese a una bailarina para interpretar a su protagonista no es anecdótico, sino que está íntimamente relacionado con su propuesta formal. “Cuando me planteé cómo trabajar ese arco emocional, esa transformación interior que se produce al regresar, aparecieron dos ejes fundamentales. El primero fue el cuerpo. Lo fue porque, además de su fuerza expresiva, de su plasticidad y su fisicidad, ocurre que el cuerpo tiene memoria. Reacciona solo, inconscientemente, siempre respecto a la experiencia. Fue muy bonito trabajar desde ese cuerpo que no recuerda, que llega desde el olvido y que, poco a poco, se va abriendo. Que poco a poco reconecta con la infancia“.

La danza es un elemento fundamental en ‘Con el viento’.

La danza establecía de forma lírica el nexo entre el cuerpo y el segundo eje narrativo planteado por la cineasta: el espacio. “El cuerpo busca reconocerse en un espacio concreto, pero el propio espacio también se transforma, no sólo a través de esa apertura emocional progresiva sino también por el avance de las estaciones. La película empieza por ese otoño que te lleva hacia dentro; prosigue a través de un invierno que no te deja salir de casa; al final surge ese primer verdor, nace el trigo y empieza a salir el sol. Hay una correspondencia entre ese tránsito y el despertar de los personajes. Ese amanecer también está ligado con la vuelta al trabajo en el campo, ya que en invierno no hay nada que hacer. Tienes que estar dentro de casa. Y ahí, en esa nada, te tienes que vincular con algo. Ahí sólo te quedan las personas“.

Al comienzo de ese otoño, Mónica regresa a casa. Antes de la vuelta, Meritxell Colell ubica la escena en un Buenos Aires frío, en el que asistimos al vagar de una persona desencajada. “Todo el prólogo, tanto en lo estético como en lo emocional, se construye a partir de la fractura. Conocemos a un personaje que está roto, fragmentado, desconectado; que vive en un abismo. Por eso ese regreso a casa se plantea en una noche en la que el tiempo, de algún modo, se paraliza. Es una noche oscura y silenciosa, que de algún modo habla por la protagonista y dice: la ciudad no me ha dejado ver todo eso que tenía dentro y a lo que no lograba dar forma“. Y Mónica, con la caída de las primeras hojas, regresa a casa.

Para esa generación, el trabajo y la familia son lo mismo: compartían vida, compartían trabajo, lo compartían todo. Mi intención era tratar de restituir, de algún modo, ese legado: el de las mujeres que trabajan la leña cuando los hombres se van

Allí se encuentra con un aire invadido por la ausencia. La desaparición de su padre puebla los rincones. “El padre es el detonante. No sólo su muerte o el hecho de que esté enfermo, sino su ausencia. Su ausencia es el detonante de muchísimas cosas. Su recuerdo está siempre presente y es una carga para todas, desde todos los puntos distintos. Él, sin estar, es el que genera conflicto —tanto a nivel interno de la película como entre los personajes—, pero también la vía para la reconciliación. Por otro lado, esa ausencia sirve también para explicar lo importante que es el papel de la mujer en el rural. Una de las cosas de las que más orgullosa me siento de Con el viento es del gran trabajo de documentación que realicé, hablando con mi abuela, hablando con las mujeres del pueblo. Una cosa es ir a veranear y otra muy diferente comprender lo que significa vivir ahí. En esas conversaciones era una constante el trabajo que llevan las mujeres, tanto dentro como fuera de casa. Para esa generación, el trabajo y la familia son lo mismo: compartían vida, compartían trabajo, lo compartían todo. Mi intención era tratar de restituir, de algún modo, ese legado: el de las mujeres que trabajan la leña cuando los hombres se van“.

Así, Meritxell Colell cose un tejido de relaciones a lo largo de tres generaciones. Por un lado está Pilar —interpretada por Concha Casal, otra debutante—, la madre de familia transida por el dolor de la muerte de su marido. “Ella posee una identidad muy marcada, precisamente por haber vivido siempre en una misma casa, por tener una relación con los espacios que es funcional: para Pilar, función y emoción van de la mano. Con la muerte de su marido, de repente, la figura de la madre dura desaparece. Eso conflictúa mucho a las hijas, porque de pronto ven a su madre en un lugar en el que nunca antes la habían visto. En el caso de Elena —la hermana de Mónica, interpretada por Ana Fernández—, se hace más complicado contemplar ese cambio, pues ella está muy ligada a la vida práctica del día a día con su madre. Sin embargo, en el caso de Mónica, que vuelve y todavía mantiene el recuerdo de la madre dura que dejó atrás, apreciar ese cambio se vuelve mucho más plausible. Esa fragilidad, además, también genera conflicto en la propia Pilar; hay en ella una dicotomía que se resuelve cuando venden su casa de toda la vida y se ve obligada a recoger todos los objetos. Sabe que tiene que venderla y, al mismo tiempo, no está preparada para ello; sin embargo, no sabe compartirlo. Es inhábil a la hora de comunicar sus emociones“.

Meritxell Colell se acerca a los conflictos generacionales.

Por otro lado, está la generación de Elena y de Mónica. “Para ellas, la casa en sí misma es un elemento que conflictúa. Por un lado sienten que es necesaria, pues ahí están sus raíces y sus infancias. Sin embargo, por otro, no deja de ser algo que las ata y no las deja ser libres. Están ubicadas en un no lugar, el generado por esos dos mundos distintos que abren la posibilidad de dedicarte a lo que amas y la necesidad de preservar tu pasado. La película, en lo que se refiere a esta generación, habla también sobre una posible vía para reconciliar estos mundos”. En una poderosa escena de Con el viento, las dos hermanas —la que se quedó y la que se marchó— quiebran por fin el hielo que las separa en una conversación en el interior de un coche. “En el guión inicial, esa escena estaba escrita desde el perdón. Sin embargo, a medida que el rodaje avanzaba, me di cuenta de que no podía ser así. De que en ese momento ya no hay perdón, de que cada una ha seguido sus procesos y tenido tiempo suficiente para reflexionar. Y lo que tienen que hacer es darse las gracias“.

En último lugar, Meritxell Colell pinta el esbozo de la generación de los nietos, encarnada por Berta —interpretada por la joven directora y actriz Elena Martín, autora de Júlia Ist—, la hija de Elena. “Ella necesita los objetos para entender una realidad que no ha vivido. Siente que hay algo en su identidad que pertenece a una realidad que desconoce, y que sólo puede aprender a través de ellos. Tengo la sensación de que las nuevas generaciones sentimos un fuerte apego a lo material, precisamente porque estamos desapegados de lo emocional. Todos, en el fondo, tenemos latente esa necesidad de árboles, de montañas, de los abuelos, porque esa realidad no existe —o sólo lo hace durante los veranos—, y sigues necesitando algo a lo que sentirte vinculado. Necesitamos las historias y el mundo de nuestros abuelos para encontrarnos“.

Era mi primera vez, pero también la de Mónica García y Concha Canal: las tres empezamos nerviosas e inseguras y, poco a poco, con la relajación que da el tiempo, pudimos expresar ese acercamiento emocional que se lleva a cabo dentro de la película

Para ejecutar los lazos entre estas tres generaciones y expresar los arcos emocionales de sus cuatro protagonistas, la directora de Con el viento vuelve a remitirse a aquel cine de Jonas Mekas, al cine generado desde lo íntimo. “A mí el cine que me interesa es el cine que trabaja con la realidad, a partir de la realidad. Me interesa ese cine que se descubre haciéndose, que puede partir de una idea pero está abierto al cambio. Está bien empezar escribiendo, pero el proceso de escritura es puramente interior y habla sólo sobre ti misma. Creo que el cine está en ese diálogo, en la expresión de tu forma de relacionarte con el mundo que te rodea y con las personas con las que trabajas para que surja algo nuevo. A lo largo de todo el proceso de rodaje y montaje, en Con el viento ha habido un trabajo muy importante de depuración que me interesaba mucho, ya que los directores de los que bebo practican un cine muy depurado. Robert Bresson, Rossellini —pese a ser un autor melodramático— o Ozu, son pura depuración“.

Además, el largometraje de debut de Meritxell Colell, pese a ser ficción, se maneja en lo dúctil de la técnica documental. “Lo documental me interesaba como dispositivo, pues buscaba, en cierta manera, recuperar esa esencia del neorrealismo. Trabajamos durante mucho tiempo —once semanas— y, sin embargo, con un equipo muy reducido de siete personas. Nuestro productor Carles Brugueras y yo apostamos por rodar de forma cronológica para fomentar ese realismo. El espectador puede ver cómo, poco a poco, un grupo de desconocidos se va queriendo y convirtiendo en una familia. Eso también era importante a nivel dramático, dado que era mi primera vez, pero también la de Mónica García y Concha Canal: las tres empezamos nerviosas e inseguras y, poco a poco, con la relajación que da el tiempo, pudimos expresar ese acercamiento emocional que se lleva a cabo dentro de la película”.

‘Con el viento’ habla de la cotidineidad como espacio de unión.

Ahí entra en juego una de las ideas fundamentales de la tesis discursiva de Con el viento: la importancia de la rutina en el esquema de nuestras vidas y relaciones. “Hace falta la cotidianeidad para que surja una conexión. Los verdaderos afectos están en el día a día, en las pequeñas cosas. Están en una mirada, en compartir un juego de cartas. Es en esas cosas en las que desaparecen las máscaras. Importa compartir un espacio real, de presente, donde no hay proyecciones hacia el pasado ni hacia el futuro”. Y es que las máscaras, en el mundo veloz de las ciudades, están presentes en cada esquina. Así lo dice Mertixell Colell: “Vivimos permanentemente abiertos a múltiples vidas. Estás en una mesa, sentado en un bar, y a través del teléfono móvil puedes acceder a mil vidas a tu alrededor. Estás en mismas partes al mismo tiempo, aunque no estás realmente en ninguna. Por eso el pueblo, y los lugares sin cobertura, te brindan la oportunidad de mirarte y decir: bueno, estoy aquí“.

Eso también explica, en buena medida, algunos de los inasibles saltos generacionales entre Pilar y las demás protagonistas. “Ellos, nuestros abuelos, tenían una forma de gestionar las emociones que me parece muy sabia. Ellos sabían decirse a sí mismos: siento un dolor innegable ante lo que está pasando, pero seamos prácticos. Esto no tiene sentido. Toca tirar hacia adelante. En cambio, en nuestra generación, hay un exceso de búsqueda alrededor de lo que sientes, o de tu identidad. Es posible que todo sea más sencillo. Pienso que es muy sano tener la posibilidad de expresar lo que te está ocurriendo por dentro, sea o no con palabras, pero también creo que es importante no ensimismarse”. Para Meritxell Colell y, por extensión, para Con el viento, el tránsito y el avance son fundamentales. “La clave está en no quedarte estancado ahí. Es lógico sentir tristeza, pero hay que recorrerla. La vida es vida, y hay que vivirla“.

Yo quiero indagar en todo lo que tenga que ver con la sensación, con aquello que va directamente al estómago y se queda en tu memoria. Cuando el cine te recorre el cuerpo pasa a ser también experiencia, y no sólo un recuerdo racionalizado

Nosotros somos la generación de las expectativas. Había muchas expectativas en nosotros y nosotros teníamos muchas expectativas en la vida, expectativas que la generación de nuestros abuelos, al ocuparse del día a día, no necesitaban. Cuando yo veo a esas personas que tuvieron que desplazarse a la ciudad y regresan los veranos al pueblo a trabajar en el campo, percibo esa situación como algo conmovedor. Ellos, sin embargo, no lo ven así. Ellos dicen es así y ya está. Necesitan el contacto con la tierra y no se han parado siquiera a plantearse por qué. Vuelven al campo y trabajan durante horas, y en la ciudad hacen lo mismo. Sin embargo, en nuestro caso, al marcharnos nos fragmentamos, como le ocurre a Mónica. Nuestros regresos tienen un recorrido emocional muy fuerte, pero no físico. Estamos desconectados de nuestros cuerpos“.

Ese retorno al cuerpo, a lo táctil, a las texturas, es una de las búsquedas fundamentales del cine de Meritxell Colell, que acaba de nacer pero que ya vuela Con el viento. “Yo quiero indagar en todo lo que tenga que ver con la sensación, con aquello que va directamente al estómago y se queda en tu memoria. Cuando el cine te recorre el cuerpo pasa a ser también experiencia, y no sólo un recuerdo racionalizado“. Que la excavación de su primer largometraje transita esos caminos es algo que golpea con fuerza al espectador, que atiza como me atizó a mí. Es algo parecido a estar borracho de virtud, a sentir que la del universo es una masa maleable, a que las posibilidades son infinitas. A veces pienso que el cine es tan mágico que podría salvarme la vida. ¿Os lo había dicho alguna vez?

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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