Mi cine español; por Daniel Lorenzo

Una buena forma de agrupar a cinéfilos por edad es preguntarles por las películas que hicieron que amaran el cine. Hay toda una generación de realizadores que afirman que supieron que querían ser directores cuando vieron 2001. Otros cuyos detonantes fueron Star Wars o Superman. Yo tengo claro cuál fue la película que activó un interruptor en lo más profundo de mí, tan profundo que nunca nadie ha estado cerca tan siquiera de rozarlo. Viendo El día de la bestia supe que nunca nada me gustaría tanto como el cine.

Yo tenía 13 años y nada me apetecía más en el mundo que ver esa película. Los cassettes de Armas pal pueblo y Alzheimer constituían la banda sonora de mi día a día al volver del colegio. Cuando me enteré de que Def con Dos había compuesto una canción para la película supe que no podía ser mala. Y leer el argumento me convenció de que mi único objetivo vital a corto plazo pasaba por verla.

Por algún motivo, mis padres eran especialmente cuidadosos con las películas que veía, pero no tanto con la música que escuchaba o los libros que leía. Así que en 1996 los Reyes Magos pasaron por mi casa dejándome la banda sonora y el guión de la película, por más que a esas alturas siguiera sin contar con el permiso paterno para verla (y lo que es más importante, sin el dinero para la entrada). Así que aquellas navidades terminaron sin apocalipsis, pero también sin haber podido verla. Eso sí, habiendo podido leerla y escuchado infinidad de veces. Habiéndola rodado y proyectado de muchas formas posibles en mi imaginación.

Sala 4 de los Multicines Norte de Vigo. Eso sí que no lo olvidaré en la vida.

Al final, opté por el mismo truco que había empleado mi hermana para ver Instinto básico cuatro años antes. Por si me preguntaban algo al salir, me empapé de todo lo relacionado con alguna otra película (ahora no recuerdo cuál) para la que mi amigo Miguel y yo terminamos comprando entradas, y, una vez dentro del cine, nos colamos en la proyección correspondiente. Sala 4 de los Multicines Norte de Vigo. Eso sí que no lo olvidaré en la vida.

Uno deja de ser joven cuando las altas expectativas son capaces de arruinarle una película, en vez de servirle como estímulo para adorarla incluso más. Y yo era jovencísimo cuando vi El día de la bestia. La película no se proyectó, la película pasó por encima de mí. Saliendo del cine hacia el frío invierno, por una ventosa galería comercial, supe que quería volver a sentir aquello. Dicen que el problema de la heroína es la primera dosis. Que todas las que vienen después solo son tristes intentos de volver a colocarse como esa te ha colocado. Pues bien, desde aquel día de febrero de 1996 he vuelto religiosamente a acudir al cine al menos una vez por semana buscando volver a sentir lo que El día de la bestia hizo que sintiera.

Fotograma de ‘El día de la bestia’.

Así que a mí no me gusta el cine español porque me guste el cine, a mí me gusta el cine porque me gusta el cine español. En ocasiones a mi pesar. Porque pasaron los años y quise convertirme en un intelectual, pero grabé a escondidas Brácula (Condemor II) en alguno de sus pases de Canal+ empleando las mismas estrategias y sintiéndome igual de avergonzado que cuando grababa el porno de la madrugada de los sábados. En el fondo no quería seguir siendo aquel chico que había visto muchas más veces Aquí huele a muerto (Pues yo no he sido) que El sentido de la vida.

Pero, con los años, uno aprende que uno es aquello que le gusta, y no aquello que a otros les gustaría que le gustara. Y a mí me gustan los planos secuencia de Berlanga. Y aquel ciclo de TVE en el que pusieron la filmografía conjunta de Pajares y Esteso a lo largo de todo un verano.  Y pocas veces me he reído más que con Antonio Ozores en Es peligroso casarse en los 60, o que con Paco Martínez Soria en Don Erre que Erre y ¡Vaya par de gemelos!, o que con Lina Morgan en La llamaban La Madrina. Y cuando pienso en una pareja de cine clásico, los que se me vienen a la cabeza son Gracita Morales y Jose Luis López Vázquez en Operación Cabaretera. Y jamás el cine italiano me ha interesado tanto como cuando Rizzoli Film coprodujo con la española Capital Films …Y si no, nos enfadamos. Y siento como míos los premios cosechados internacionalmente por Los santos inocentes o Hable con ella. Y digo sin pudor que José Isbert o Fernando Fernán Gómez son actores que nada tienen que envidiar a Jack Lemmon o Laurence Olivier. Y cada vez que escucho hablar a Jose Luis Garci siento lo mismo que debía sentir un francés al escuchar a François Tuffaut. Pero como aquí no somos franceses, en vez de admirarlo y cubrirlo de homenajes, hemos decidido mirarlo por encima del hombro y hacerlo de menos.

Porque seguro que ahora mismo hay por ahí algún chaval de trece años al que, más pronto que tarde, una película española le cambiará la vida, a mejor, para siempre.

Del mismo que hemos decidido ridiculizar, en general, al cine español. Porque los españoles somos campeones en muchas cosas, pero el auto-odio quizá sea aquella materia en la que más destacamos. Ese mismo auto-odio que, en aquella tarde de febrero de 1996, me llevó a pensar que El día de la bestia era tan buena “que no parecía española”. Que era buena a pesar de ser española, y no, precisamente, por ser españolísima desde su mismísimo punto de partida.

Y por eso una iniciativa como la Revista Destape es tan bienvenida. Porque seguro que ahora mismo hay por ahí algún chaval de trece años al que, más pronto que tarde, una película española le cambiará la vida, a mejor, para siempre. Y aquí tendrá un lugar para perseverar en ese camino. Para saber que esa película no es la excepción, que también puede ser la regla. Así que congratulémonos todos por la vuelta del Destape.

Daniel Lorenzo

Daniel Lorenzo

Escribo en @cinefagos. Ni un tuit sin una errata. Mal cinéfilo, peor persona. Gilipollas generalista. Padre de Groucho. Si me queréis, quedarse.

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