El amor era un juego de manos

Sí, este es otro de esos casos. Otro de esos eventos cinematográficos —tan comunes, por otra parte, en la comedia comercial española— en los que abandonas la sala diciéndote a ti mismo: sí, es cierto que acabo de ver una película fácilmente olvidable, pero ¿acaso no es eso lo que esta película pretende ser? La justificación de la premisa banal suele ser un argumento esgrimido a la hora de enfrentar el análisis de una cinta de estas características, y lo cierto es que es imposible disociarse por completo de ella. Sería deshonesto, pues analizar una película fuera de sus propias circunstancias y en relación a lo que podría haber sido no es algo que tenga demasiado sentido. Así que sí, aun pese a subrayar mi pesadez, debo clarificar a priori que esta disección de Miamor perdido, la última comedia de Emilio Martínez-Lázaro, parte de su sujeto identitario. Y no de ningún otro lugar ficticio.

Martínez-Lázaro se ha convertido en un cineasta verdaderamente reputado dentro de nuestras fronteras en lo que a este género se refiere. El rotundísimo éxito comercial —y crítico: recordemos aquellos tres Goyas cosechados— de Ocho apellidos vascos devolvió a su director a la primera plana tras el fenómeno que, una década atrás, había supuesto Al otro lado de la cama. Con algunos intentos de adentrarse en territorio dramático en su filmografía —Carreteras secundariasLas 13 rosas—, parece que, a sus 73 años de edad, el cineasta madrileño ha asumido que la mina de su éxito está en el ámbito cómico. Así, en Miamor perdido, ha empuñado la cámara con la misma eficacia y la misma falta de identidad visual con que lo hizo en las dos películas de los Ocho apellidos. El resultado camina por senderos similares: eficaz en la comedia física e indolente en lo dramático, esta película se dibuja a sí misma con minuciosa rigurosidad como un producto de ágil consumo y presta digestión.

La propuesta de guión —un libreto firmado, por cierto, por Miguel Esteban y Clara Martínez-Lázaro, hija del cineasta— parte del enredo tradicional, parodiando incluso el clásico encuentro fortuito de las comedias románticas. Olivia —Michelle Jenner— y Mario —Dani Rovira— se cruzan por casualidad tras haber roto ambos con sus respectivas parejas, y el amor surge, voraz, entre ellos. Referenciando sin pudor a Annie HallMiamor perdido exhibe la construcción de la idílica relación entre una joven con vocación artística y un sencillo monologuista, estructurándola de forma elíptica a través de una serie de contactos de cada uno de ellos con el mundo del otro. La construcción narrativa del primer tercio del film es notablemente efectiva, ordenada y dinámica, y el conflicto entre ambos personajes se perfila de manera suficiente para que el punto de inflexión —narrado también a través de una elipsis, valga la diferenciación con la comedia tradicional— llegue como un golpe lógico.


Miamor perdido la lastra la intención de aproximarse a un perfil de comedia romántica mucho más reflexiva y sutil, sosteniendo sin embargo el tono superficial y artificioso de su inicio.

Los problemas de Miamor perdido llegan tras el giro dramático: si la película se encontraba cómoda en el retrato costumbrista y liviano de esa pareja desajustada y autoparódica, no halla la misma soltura en su intento por explorar los mecanismos del olvido. Hay un conflicto tonal en este instante, pues lo que previamente se había definido como una comedia ligera y sin pretensión analítica trata, de repente, de transformarse en una radiografía acaramelada de los rastros que una persona deja en nuestras vidas al marcharse, y también de los motivos —muchas veces inexistentes— por los que rompemos con ansia nuestras relaciones duraderas. Las pinceladas en ese sentido están aplicadas con tal brusquedad que extraen a la narrativa del film de su propia pretensión rutinaria: en su segundo tercio, Miamor perdido se transforma en una consecución de giros dramáticos bañados en comicidad que apenas alcanzan a provocar la risa ligera, pero nunca a generar el relieve necesario para provocar empatía hacia sus personajes.

Si Ocho apellidos vascos basaba su innegable eficacia en la falta total de complejos a la hora de construir a sus personajes a base de picar estereotipos, Miamor perdido la lastra la intención de aproximarse a un perfil de comedia romántica —retrocedamos a la referencia a Annie Hall— mucho más reflexiva y sutil, sosteniendo sin embargo el tono superficial y artificioso de su inicio —casi anclado en el slapstick: chica borracha canta y chico en bicicleta la atropella, la gente se ríe—. No es sólo que este salto tonal desajuste la película, sino que en ningún momento va acompañado por una transformación formal que augure esa transición: la forma de rodar de Martínez-Lázaro, basada en planos largos y una cámara casi testimonial, no reproduce ese giro hacia el intimismo ni busca a sus personajes. Sostiene la distancia y el dramatismo que queda en la propuesta argumental.

Miamor perdido no es una comedia ambiciosa: no trata de explorar sus mecanismos humorísticos, no se esfuerza en entablar un diálogo entre el humor y la imagen, y tampoco gasta metraje en construir de forma convincente a sus dos protagonistas —interpretados con ligereza por Jenner y Rovira, que sí funcionan en el ámbito cómico—. Atascada en la fórmula tradicional que tan masivamente ha invadido el género este curso en la cinematografía española —Sin rodeosOla de crímenesLa tribu, Superlópez Thi Mai: Rumbo a Vietnam ilustran a la perfección este fenómeno—, Miamor perdido se conforma con engrosar las filas de la comedia taquillera

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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