El artista terrible está en casa

Mientras hablamos,

huye el tiempo envidioso.

Horacio.

Se escurre por las tuberías como un demonio. Así marcha el tiempo, un gobernante de lo más terrible: impávido, con la frente sangrando, sin mirar nunca a los lados. Y así es capaz el cine de romper su marcha: pausado, cavilante, dislocado de la estructura de la realidad. Jaime Rosales nos envía a un caserío en ninguna parte y, de repente, el tiempo deja de existir. Existe solo el espacio, que es la variable que a él le interesa. Como en un teatro griego, sus personajes arrancan su medida coreografía aplastados por un silencio que acongoja. Petra se nos lanza entonces, como un balazo sigiloso, un aullido de Sófocles con terrible eco en la actualidad.

El último trabajo del cineasta barcelonés se articula en torno a la máxima narrativa de que, en un orden lógico de prioridades, la acción siempre antecede al contexto, aunque ambos elementos sean importantes para comprender el calado psicológico de una historia. Así, dispone una serie de capítulos que se encadenan de ese modo: primero hablan de lo que ocurre ahora, después del proceso que arrastró los acontecimientos hasta ese punto. Pero ese juego entre presente y pasado no es más que un amago de tridimensionalidad, ya que en el tapete de Jaime Rosales el tiempo es, insisto, una mera ilusión. Toda la línea de sucesos van encajando sobre la superficie de su lienzo, que va adquiriendo, con cada pieza, un aspecto más terrorífico.

Y es que la de las artes plásticas y la de lo terrible son dos de las lenguas que habla Petra, de Jaime Rosales. Su protagonista, bautizada con el nombre griego que da título a la película —en un anticipo de la deriva trágica de su desarrollo argumental— e interpretada con silenciosa inquietud por la omnipresente Bárbara Lennie, aterriza en la casa de Jaume, un prestigioso escultor, para llevar a cabo una residencia artística y aprender del maestro. Ese es, al menos, el objetivo que esgrime a priori, aunque el tono incómodo imprimido por Rosales genere pronto cierta desconfianza en el espectador. Las sospechas se confirman pronto: lo que Petra busca en Jaume no es una tutela pictórica —no busca siquiera la reivindicación de su obra—, sino la figura desconocida de un padre.

La cámara de Jaime Rosales serpentea entre las habitaciones como una intrusa introduciéndose en la intimidad de aquellos a los que retrata

Lo terrible entra entonces en escena, encarnado por un arrebatador Joan Botey, encargado de dar vida al déspota e impúdico artista. Su condición de villano encuentra sus cimientos en los maltrechos vínculos que sostiene con su familia más íntima: un hijo trémulo y cobarde (Alex Brendemühl) y una esposa en permanente estado de delirio existencial (Marisa Paredes). Lo más oscuro, sin embargo, anida en la convivencia de esa vileza extrema y la incólume belleza del arte creado por Jaume. Se pregunta, entonces, Jaime Rosales: ¿en qué punto de la realidad se conectan lo hermoso y lo abominable, la nieve y el barro, la caricia y la violencia? ¿Puede acaso una persona indiscutiblemente malvada ser también un artista de conmovedora sensibilidad? Él proporciona su respuesta y asevera que sí, que qué duda cabe.

La arquitectura de los vínculos emocionales entre los personajes se traza, como ya es costumbre en el artesano cine de Rosales, de forma paralela a la arquitectura física de los edificios que pueblan la película. La cámara del cineasta se esconde tras los umbrales de las puertas, admira extasiada los arcos, serpentea entre las habitaciones como una intrusa introduciéndose en la intimidad de aquellos a los que retrata. Y juega de nuevo al contraste, al equilibrio entre lo pulcro de su paleta cromática, siempre pálida y mortecina, y la pulsión ardiente de su narración, que se propaga como un fuego de imposible extinción.

Al final, en Petra sobrevive el arte y muere lo humano, como pasa siempre. Porque a Jaime Rosales le interesa el mundo de lo inmortal, siempre distante, siempre lejano a las terrenales disquisiciones entre el bien y el mal. Así que, mientras en el interior de las habitaciones los humanos se deshacen en traiciones y se maltratan entre sí, en las paredes cuelgan los mundos imposibles que nuestras mentes proyectan. Así de fascinante es el cine de este director insólito, obsesionado con la creación de un espacio en el que el tiempo muera y las cosas puedan ser apreciadas en su conveniente relieve. Un cineasta decidido a enfrentarse a lo terrible, si es que ello asegura la supervivencia del arte.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

3 comentarios sobre “El artista terrible está en casa

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  • el octubre 27, 2018 a las 12:13 am
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    La naturalidad de los diálogos me fascinó y la estructura por capítulos es idónea para relatar la historia, si bien me sobraron los 3-4 segundos que se alargaban casi todas las escenas; también me pareció excesiva la tensión continua que se buscaba conseguir y los planos grabados desde ángulos “intrusos”, como bien defines. Me parecieron recursos muy significativos pero que quizás en menor medida hubieran resultado más efectivos. ¡Hubo ciertos momentos en los que me encantaron, aun así! Como cuando la cámara se detiene a observar a Petra y nos obliga a detenernos también a nosotros, nos da un respiro, nos invita a pensar y a reflexionar. Se agradece esa pausa que mencionas, así como la tensión que nos trasmite la ambigüedad de ciertas escenas. El guion se retuerce sobre sí mismo hasta la locura. Y los actores increíbles; como tu crítica, que dibuja una imagen brutal sobre el tiempo, el arte y lo oscuro.

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