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'Durante la tormenta': ¿Por qué me engañas, si yo te quiero?

¿Por qué me engañas, si yo te quiero?

Es frustrante, ¿verdad? Estar enamorado y sentir que te engañan. Es como si el cielo entero se desplomase ante ti como la estafa definitiva. En ese momento, toda la realidad sobre la que habías construido tu recorrido emocional reciente se derrumba. Te sientes ridículo y no entiendes muy bien qué ha podido pasar, en qué momento perdiste esa conexión con los hechos, cuál fue el instante exacto en el que las cosas se escaparon por una vía oculta. Descubrir el engaño es como cerrar una ventana en una soleada tarde de verano. Puede que fuera siga haciendo sol, pero la realidad es que esa habitación se ha quedado a oscuras. Y qué terrible es la oscuridad. Yo hace tiempo que vivo más enamorado del cine que de cualquier otra cosa, y por eso la herida es amplia cuando percibo ese amago de intención, esa conducta errática. No me molesta la banalidad, cuidado. Es más: incluso puedo llegar a disfrutarla si es una banalidad coherente. Lo que sí me hace sentir cierto enfado es el engaño. Un engaño que me recorre entero cuando termina Durante la tormenta, de Oriol Paulo.

Aquí me gustaría retroceder un poquito en la experiencia que supuso para mí el visionado de esta película. Porque para sentirte engañado tienes, primero, que haber construido un vínculo con el emisor. El comienzo de Durante la tormenta me atrapó. Con una estética noventera, amparada por una paleta de contrastes cromáticos —azul y rojo— y una textura degradada, Paulo nos lleva a la habitación de Nico Lasarte, un niño que se graba a sí mismo, con una antigua videocámara, haciendo sonar en su guitarra eléctrica algunos de los temas más populares de los años 80. Este elemento sirve, además de para establecer una hermosa conexión emocional entre el niño y su madre, para trazar el perfil psicológico de uno de esos pequeños apasionados por la música, de uno de esos jóvenes marginales que —al igual que le ocurrió a servidor— fueron, en buena medida, salvados por el arte de unas infancias relativamente aterradoras en lo social.

En ese instante, Durante la tormenta explica su temática principal: el subrayado de lo fundamentales que son las relaciones familiares, los amores íntimos, en nuestra vida diaria.

El misterio se plantea de forma inteligente por Oriol Paulo, quien corta entonces para trasladarnos a la actualidad, donde introduce en nuestras vidas a una madre de familia llamada Vera Roy —interpretada por Adriana Ugarte—, quien decidió abandonar su prometedora carrera como neurocirujana para dedicarse en cuerpo y alma a su hija. Vera se muda, junto a su marido y a la pequeña, a una nueva casa que resulta ser —y el espectador lo sabe antes de que se explicite, lo cual indica un buen trabajo con los espacios en la dirección— la misma en la que el pequeño Nico Lasarte se grababa tocando la guitarra casi veinte años atrás. El juego principal del film viene a continuación: la protagonista encuentra la antigua videocámara junto a una vieja televisión, la enciende y, sorprendida, asiste a una conexión entre dos tiempos: Vera salva a Nico de morir y, al despertar, su vida ha cambiado.

Aquí, Oriol Paulo sitúa las medidas de su relato en un marco concreto: las herramientas empleadas para conectar los dos tiempos son la videocámara y la televisión, y la única persona que mantiene recuerdos de la realidad previamente vivida es aquella que modifica la línea temporal. De este modo, Vera se lanza a un mundo en el que su hija no ha nacido, en el que su marido no lo es en realidad y en el que no ha abandonado su carrera como neurocirujana. Ahí llegan los problemas de narrativa para Paulo y su coguionista Lara Sendim: algunos personajes se introducen de manera sumamente sospechosa y con una gestualidad tan marcada que hacen pensar que resulte imposible un plot-twist en esa dirección; la estructura de la narración se torna errática y algo circular.

La tesis fundamental de la película, sin embargo, consigue sostener su tono hasta su segunda mitad. Volvamos a ella: para conseguirlo, es preciso retroceder hasta aquella primera escena, hasta la imagen de ese niño grabándole una cinta de canciones a su madre para que las reproduzca de camino a su trabajo. En ese instante, Durante la tormenta explica su temática principal: el subrayado de lo fundamentales que son las relaciones familiares, los amores íntimos, en nuestra vida diaria. Es por eso mismo que Vera no es capaz de asumir una realidad en la que su hija no haya siquiera nacido; es por eso que Nico Lasarte tampoco puede aceptar separarse de la propia Vera, es decir: de la persona que le salvó la vida desde el futuro.

Al final, todo se resuelve con el plot-twist temido y un subrayado fuera de lugar de la tesis inicial, que hacía tiempo que yacía perdida en algún lugar desconocido.

En esa idea de aferrarnos por todos los medios a las los afectos que construyen nuestro día a día vive una presencia hermosa que me absorbe. Después llega el engaño. Oriol Paulo dibuja esa tesis para, a continuación, construir una narrativa fundamentada en giros argumentales que en ningún caso enriquecen el componente dramático de Durante la tormenta, es más: lo entorpecen hasta tal punto que, progresivamente, uno abandona ese sentimiento de calidez previo y se sumerge en un territorio mucho más frío, más mecánico. Que la película decida adentrarse en terrenos tan convencionales a nivel de estructura provoca una ruptura con la tesitura tonal que ella misma planteó con anterioridad. Ya no queda ni rastro de aquella reflexión sobre el poder salvador del arte —de hecho, no parece haber ninguna decisión narrativa que explique la introducción de un niño que toca la guitarra más que situar temporalmente la historia en los años 90, lo cual me apena—; ya se extingue esa búsqueda por la fortaleza de los afectos primigenios.

No es que Durante la tormenta emplee recursos de diferentes géneros para construir con eficacia una historia, sino que se encarga de sobrecargar un relato íntimo con elementos periféricos, subtramas apenas perfiladas y un trabajo de puesta en escena que poco a poco se va aplanando, una vez la propia película pierde por completo de vista qué es aquello que en un principio buscaba contar al espectador. Al final, todo se resuelve con el plot-twist temido y un subrayado fuera de lugar de la tesis inicial, que hacía tiempo que yacía perdida en algún lugar desconocido. Es una pena, pues, esta entrega tan calculada al efectismo que lleva a cabo Oriol Paulo en la ejecución de lo que, sobre el papel, podría haber sido una cinta de imponente calado dramático. Y te marchas, igual que cuando la persona amada gira en esa dirección imprevista, con la cabeza gacha e intentando recordar el momento en que las cosas empezaron a torcerse, y susurras¿por qué me engañas, si yo te quiero?

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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