Quinquis, traperos, cineastas: una historia de revolución

La contracultura subsiste en un permanente ejercicio de renovación. Es inevitable: de lo contrario, perdería su componente contracultural. Como mera consecuencia de la repetición de sus proclamas, cualquier discurso —por rupturista que resulte en un principio— acaba siendo engullido por la corriente oficialista. Y ahí es donde muere la contracultura: en el choque con el territorio de lo aceptable, de lo correcto. Así que, en un acto de querencia carnal hacia los márgenes, las personas que transitan estos senderos se ven obligadas a sostenerse en un constante estado de reconversión. Los que se quedan atrás, anclados en el discurso de la pasada transgresión, funcionan casi como un recordatorio, o una memoria mojada. Algo así pasa con el cine quinqui, apoteosis de lo underground en la segunda mitad de los años 70 y durante los años 80, y ahora reivindicado desde un punto de vista oficial. 

Lo que en aquella época parecía impensable, hoy se ha hecho realidad. Cineastas como Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma, ambos adalides de ese tipo de cine, son ahora reivindicados post-mortem por un estrato de la cinematografía patria que fue el mismo que los denostó en vida. Mientras en las atalayas se celebra el trabajo de la contracultura de otro tiempo, en el presente se continúa aplastando a los que transgreden desde los cauces de la actualidad. Esa zanja abierta entre dos tiempos, ese espíritu iniciático de la revolución es el que le interesa a Juan Vicente Córdoba en Quinqui Stars.

“Para empezar, la denominación de cine quinqui es posterior y es errónea. En aquella época, a películas como Navajeros o Perros callejeros nunca se las calificó de esa manera. El término quinqui procedía de unos entornos fundamentalmente gitanos, y los protagonistas de estas películas nunca lo fueron. Eran todos hijos de inmigrantes que habían aterrizado en las chabolas de la periferia de Madrid y Barcelona en los años 50 y 60, cuando España se encontraba en el proceso de transformación que lo llevó a dejar de ser un país rural y a convertirse en un país urbano”. Juan Vicente Córdoba fue, en cierto modo, uno de esos jóvenes. Nacido en 1962 y criado en el barrio madrileño de Vallecas, toda su infancia y su adolescencia estuvieron muy ligadas al fenómeno quinqui.

En los últimos años, España se ha convertido en un país estancado a nivel educativo. ¿Si no avanzamos en lo educativo, cómo vamos a avanzar en lo político y en lo social?

Juan Vicente Córdoba

“Esos personajes, al aparecer en aquellas películas, se convirtieron en iconos. De repente, esos delincuentes eran héroes para los chicos de barrio. Y lo eran por un motivo muy sencillo: porque veían que se estaba retratando su vida de una forma mucho más cercana a la que estaban acostumbrados en las películas de otras voces que surgían, como las de Fernando Colomo o Fernando Trueba, en las que los personajes vivían mucho más alejados de su realidad. Nadie hablaba de esos márgenes de la manera en que lo hicieron Eloy de la Iglesia o Carlos Saura después, ya de una forma más esteticista, en Deprisa, deprisa“. Él lo vivió de cerca, desde dentro de los cines de barrio a los que cada fin de semana acudía a ver la sesión doble que ponían. Una sesión doble que siempre estaba compuesta por dos películas quinquis

Como herencia de su propia infancia, su trayectoria cinematográfica —compuesta, hasta la fecha, por dos largos de ficción como Aunque tú no lo sepas y A golpes, un largo documental (Flores de luna) y una larga serie de cortometrajes— ha cerrado ese pequeño círculo con el estreno de Quinqui Stars, que no sólo funciona como una recolección de la tesis fundacional de aquel tipo de cine, sino también como ejercicio de comparativa entre aquel fenómeno contracultural y su teórico equivalente en el mundo actual: el de los jóvenes que hacen rap y trap. “Todo esto me sirvió para hacer un viaje a los barrios de estas periferias para encontrarme con quienes ahora los habitan, los denominados neoquinquis. Esa figura la encontré precisamente en estos chicos que hacen música a través de estos nuevos géneros, de alguna manera equivalentes en significado a la rumba que sirvió como banda sonora a aquel cine”.

“En los últimos años, España se ha convertido en un país estancado a nivel educativo. ¿Si no avanzamos en lo educativo, cómo vamos a avanzar en lo político y en lo social? Como respuesta a esto, han surgido estos grupos que poseen un gran número de similitudes con aquella generación de finales de los 70 en cuanto a espíritu. Sin embargo, corren un riesgo mucho mayor de que su discurso se vuelva más light con la repetición: ahora, la influencia de las televisiones y la industria de cara a convertir estas transgresiones en productos de los que sacar rédito comercial es mucho mayor que entonces. Al final, dentro de esos géneros como el rap y el trap, ya hay un propio discurso oficializado. Hay muchos productos vacíos que, como se explica en Quinqui Stars, basan su éxito en la repetición de fórmulas: que si la palabra puta, que si la palabra droga, que si chicos y chicas jóvenes semidesnudos en los videoclips…” De esta manera, Juan Vicente Córdoba prestó mucha atención a la hora de seleccionar a las protagonistas que, de alguna manera, estaban destinadas a simbolizar ese nuevo movimiento contracultural, todavía latente.

Dos de las integrantes de ‘Ira Rap’.

El empleo del femenino no es anecdótico: a diferencia de lo que sucedía en la época del cine quinqui, ahora la mayor parte de las representantes de esta corriente son mujeres. “Una de las cosas que tenía claras a la hora de buscar estos hilos conductores de la narración era que, como cineasta, tenía que estar a la altura de los tiempos. Ahora hay mucho mayor movimiento reivindicativo por parte de las mujeres que por parte de los hombres. Entonces era diferente y, en ese sentido, cabe destacar la mirada que tuvo Carlos Saura al colocar, como personaje principal de Deprisa, deprisa, a la chica interpretada por Berta Socuéllamos”. De este modo, Quinqui Stars se plantea como el cruce entre dos tiempos que se ayudan a pensarse a sí mismos. El tiempo presente está representado por las artistas trap, mientras el pasado se articula a través de El Coleta, un rapero con profunda devoción hacia el cine quinqui que Córdoba emplea, además, como proyección de su propia personalidad como cineasta.

“Con la figura de El Coleta conseguí dos cosas de manera simultánea: la primera, evitar esa narración tan frecuente en la actualidad articulada en torno a la figura —ya no sólo verbal, sino también física— del propio cineasta. A mí eso no me apetecía nada, así que decidí proyectar sobre él y, al mismo tiempo, contar su historia y utilizarlo para confrontar los anacronismos del cine quinqui con el discurso contracultural de la actualidad. Así voy construyendo también el planteamiento formal de la película, que quería distanciar del documental mainstream, explorando un poco las fronteras entre el documental y la ficción“. De este modo, Juan Vicente Córdoba exhibe en la figura de El Coleta, empleando recursos de ficción, el viaje de un cineasta amateur que se encuentra en pleno proceso de expansión, ligándolo así con la necesidad que él tiene, como amante del cine quinqui, de renovar su discurso para sostenerse en la contracultura. Para ello, es fundamental el aporte del lado contrario.

Conoces a los personajes, paras, montas y vuelves a rodar dos semanas después. Entonces, en tu cabeza ya hay muchas nuevas ideas, y también la propia vida ha dejado cosas en su transcurso

Juan Vicente Córdoba

“Quería que las protagonistas fuesen raperas y no raperos, porque ellas están teniendo mucha menor repercusión que figuras mediáticas como puede ser C. Tangana. Reconstruyo sus vidas fielmente: son personas que un día tocan en Razzmatazz y al día siguiente tienen que trapichear para poder comer. Tras rodar en Barcelona, me encontré en Madrid con las Ira Rap, que son de mi barrio de Vallecas. Yo las había visto en YouTube, con sus letras tipo metralleta para todo el que te someta, y conocerlas en persona fue un choque muy grande: ellas, que aparecen en sus videoclips con pasamontañas y una imagen muy dura, resultaron ser personas capaces de mantener su dulzura pese a todo lo que han sufrido. Me contaron, además, que habían tenido problemas con Jarfaiter, colega de El Coleta, por sus letras machistas. Y ahí fue como si todo, de repente, se hubiese conectado“. El otro día hablábamos con Elías León Siminiani sobre cómo la vida proporciona giros si el documental la deja respirar. Aquí tenemos otro caso evidente de ello.

“El Coleta se fue encontrando, al conocer a estas chicas, con que su discurso de fuerte crítica social y homenaje al cine quinqui contenía ciertos elementos algo anacrónicos respecto a la época actual. Es por esa vía por donde comienza a reestructurar su mente, a crecer, haciéndolo de forma paralela a su crecimiento como cineasta, en el apartado en el que yo mismo proyecto mi álter ego. Esto último le ocurre, por ejemplo, cuando ve esas películas de Agnès Varda, y es algo que nos ha sucedido a todos los cineastas del mundo en el instante en que nos cruzamos con una película que, de repente, nos hace considerar otras formas de crear, que nos expanden”. Y es que el discurso metacinematográfico es otra de las líneas temáticas fundamentales en Quinqui Stars: “al final, todo nos lleva al arco dramático de un cineasta que termina viendo cómo se ha transformado su propia mirada“. La presencia de Varda no está solo presente de forma explícita en el documental, sino también en la forma en que Juan Vicente Córdoba ha afrontado su plan de rodaje. “He copiado la forma de trabajar de Agnès Varda en sus últimos trabajos, consistente en dejar espacio entre las etapas de filmación. Conoces a los personajes, paras, montas y vuelves a rodar dos semanas después. Entonces, en tu cabeza ya hay muchas nuevas ideas, y también la propia vida ha dejado cosas en su transcurso“. 

La vida transita por Quinqui Stars a medida que El Coleta aprende a conjugar su herencia del cine quinqui con la influencia de otras nuevas fórmulas de pensamiento brindadas por el propio paso del tiempo. Aquí, el gasto de los días es un elemento narrativo fundamental: ¿si la vida avanza, cómo iba a ser posible que nosotros nos quedásemos anclados en un momento lejano de nuestra propia existencia? Juan Vicente Córdoba y El Coleta han decidido no hacerlo. Y así crecen, juntos.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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