Saber quién he sido, saber quién soy

Estamos en pleno noviembre y parece que, ahora sí, ha llegado el invierno. La calidez del pasado, esta semana, procede del cine español. Hace unos días hablábamos del trabajo espléndido de excavación en la memoria íntima y colectiva que lleva a cabo el documental El silencio de otros. Hermanada a ella, en una misteriosa conexión temporal, llegó el viernes a nuestras salas El desentierro, de Nacho Ruipérez. Otra película que —aunque en su caso lo haga desde la ficción— traza su recorrido desde el mismo punto de partida: el de que, en la construcción de nuestra identidad, es fundamental estar en contacto con nuestro pasado. No podemos saber quiénes somos sin conocer lo que hemos sido, pues en esa ausencia de memoria anida una parcela inhabitada de nosotros mismos. Así que, llegados a este punto, empieza a estar claro: hay que empezar a desenterrar cosas.

Ruipérez se ha ido a casa para rodar su primera película. Filmada en Valencia, El desentierro lleva inscrita en la frente su procedencia. Sin embargo, pese al localismo latente en sus escenarios y en el retrato de su clase política —e incluso en el lenguaje empleado, ¡no muchas películas pueden decir que en ellas se habla valenciano!—, el cineasta no tiene miedo  a la hora de expandir su alcance. Así, quizá con ese propósito de dejar una ventana abierta a lo exterior, Ruipérez abre su película con el regreso a Valencia de Jordi (interpretado por el bonaerense Michel Noher), quien, a su llegada desde Argentina, es recogido por su primo Diego (encarnado por Jan Cornet). En una conversación entre ambos dentro de un coche, El desentierro presenta el conflicto base de la historia que contará a continuación: el padre de Diego, un exconseller del gobierno valenciano, acaba de fallecer. Con motivo del entierro, Jordi se reencuentra con un entorno del que lleva décadas alejado. Y comienza a desenterrar.

La película no tarda en desdoblar su narrativa, retrocediendo en el tiempo a un momento en la infancia de los dos primos. Ahí, Nacho Ruipérez traza la historia de otros dos personajes: los padres de ambos. Por un lado está Félix Montaner, entonces conseller. Por otro, su hermano Pau, el padre de Jordi (interpretado por Leonardo Sbaraglia). Es importante considerar la condición de agente político de Félix, dado que resulta fundamental para comprender el desencadenamiento de los acontecimientos que llevan a la desaparición de Pau, de quien Jordi, ya de vuelta al presente, lleva sin saber nada desde entonces. Así que la narrativa de El desentierro sigue dos direcciones opuestas que apuntan ambas al mismo punto: el de saber qué ocurrió con Pau tras su desaparición.

Uno termina El desentierro con una sensación de ligera descompensación entre el retrato dramático de unos jóvenes desarraigados y el componente detectivesco del film; algo quizá motivado por un ligero exceso de ambición —no siempre bien focalizada— de Nacho Ruipérez a la hora de plantear los objetivos de su película. Pero ahí están sus virtudes, que no son pocas

Nacho Ruipérez busca siempre con su cámara los primeros planos, otorgando una importancia clave en el desarrollo del relato al arco psicológico de los personajes, a ese proceso mediante el cual Pau cae víctima de su propia inocencia y Jordi camina por el espinoso sendero de reencontrarse con su pasado. Y digo espinoso porque espinas abundan en la sucesión argumental de El desentierro. En su búsqueda, Jordi y Diego se topan con un mundo oscuro, infestado de opacidades y de juegos de poder. Así, una búsqueda a priori íntima pronto se transforma en algo de mucho mayor alcance, en el momento en el que lo político interviene en lo personal. Y todos volvemos a pensar de nuevo en la grácil línea del destino que ha juntado en la cartelera, en la misma semana, a esta película y a El silencio de otros.

Para dibujar este universo valenciano de tinieblas, Ruipérez trabaja con su director de fotografía Javier Salmones (La lengua de las mariposasNadie conoce a nadie) en un ejercicio de decadencia progresiva, desde los decorados áridos y secos del comienzo de la película, que acercan al espectador a ese mundo que es pura cáscara; hacia la baja luminosidad y las sombras claustrofóbicas de la parte final, en la que El desentierro se convierte en un thriller político-criminal por pleno derecho. Todos los elementos de la película trabajan en este sentido, empezando por el citado diseño de producción de Abdón Alcañiz, y hasta la música compuesta por Arnau Bataller, que acompaña al film en su trazado hacia el suspense y la acción sórdida.

En esa conjugación de elementos entre el melodrama familiar y el thriller, lo cierto es que El desentierro acaba decantándose, narrativamente, hacia el segundo. En la investigación criminal es donde Nacho Ruipérez disfruta más y la película logra un mejor acabado y mayor lucimiento, desamparando un poco sus esfuerzos por introducir al espectador en el drama interno de sus personajes. Así, el film abandona un poco su intimidad a partir del segundo acto, recuperándola al final en la resolución del conflicto; en el momento en el que, de una vez por todas, Jordi se reencuentra con su pasado. Uno termina El desentierro con una sensación de ligera descompensación entre el retrato dramático de unos jóvenes desarraigados y el componente detectivesco del film; algo quizá motivado por un ligero exceso de ambición —no siempre bien focalizada— de Nacho Ruipérez a la hora de plantear los objetivos de su película. Pero ahí están sus virtudes, que no son pocas. Y esto es solo el comienzo. Ahora toca seguir desenterrando.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Un comentario sobre “Saber quién he sido, saber quién soy

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *