Secuestro metacinematográfico

He llegado aquí con la intención de hacer una crítica —o de verbalizar mi visionado, o de lo que sea— sobre Bajo el mismo techo, comedia de Juana Macías estrenada la pasada semana en nuestra cartelera, protagonizada por Silvia Abril y Jordi Sánchez. Esa era, pues, mi intención original. Lo resalto porque he resuelto seguir un camino distinto, ya que no considero que el hecho cinematográfico al que me enfrento tenga los suficientes elementos de diálogo que me permitan construir un discurso articulado alrededor de él. Me pasa, desafortunadamente, con un buen porcentaje de las comedias que se estrenan en España a lo largo del año. No con todas, claro. Casi 40, de David Trueba o Mi querida cofradía, de Marta Díaz de Lope Díaz son dos honrosas excepciones, si fijamos la mirada en lo que al último curso se refiere. También podríamos meter ahí Formentera Lady, de Pau Durà, aunque su genética sea eminentemente dramática —la de Casi 40, en realidad, también lo es—. Así que, dado el escaso sentido que le encuentro a montar una pieza analizando Bajo el mismo techo como artefacto único, he pensado que quizá sea más interesante hablar del fenómeno del cual forma parte íntegra. Soy consciente de que gasto una bala. Con la próxima comedia ya se me ocurrirá algo.

Lo dicho: creo firmemente que Bajo el mismo techo posee escasas diferencias —más allá del obvio elemento argumental— con muchas otras comedias realizadas en el ámbito español a lo largo del último curso, por tirar hacia lo cercano. Podemos ejemplificar: Ola de crímenes, Sin rodeos, Miamor perdido, Gente que viene y bah. Hablo en términos estrictamente cinematográficos: todas ellas se sostienen a través de una narración estandarizada —presentación, génesis del conflicto, desarrollo, clímax y epílogo—, una fotografía digital sin prácticamente tratamiento de color e iluminación, un reparto conformado por los cómicos más prominentes del país —con frecuentes incursiones de Maribel Verdú— y una dirección de actores y un tono muy próximos a la stand-up comedy. Comedias clónicas de propósito eminentemente industrial que basan su dirección en un ejercicio mecánico del plano-contraplano y dilapidan algunas ideas interesantes soterradas en sus guiones en pos de una economía lingüística puramente anticinematográfica.

Cuando pienso en la visión que el propio público español sostiene respecto al cine que se realiza en nuestro país —se le atribuyen calificativos injustos: rancio, falto de imaginación, estereotípico—, siento que algo se escapa a mi comprensión. Observando la calidad de la producción cinematográfica de nuestro país a lo largo de 2018, me cuesta creer que alguien siga pensando en el cine español con aire despectivo. Hablar de la aparición de cineastas de la talla de Isaki Lacuesta, Celia Rico, Carlos Vermut, Rodrigo Sorogoyen, Andrea Jaurrieta, Jon Garaño, Carla Simón o Meritxell Colell no es más que incurrir en un trazo esquemático de la riqueza adquirida por el cine español a lo largo de las últimas décadas, impulsado por los trabajos de directores precursores de nuevas y vanguardistas estéticas tales como Pedro Almodóvar, Víctor Erice, Fernando Trueba, Pilar Miró o Carlos Saura. Algo me reconcome, sin embargo: la escasez de producción cómica presente en la cinematografía de todos estos autores. La comedia en España es algo eventual.

¿Significa esto que no haya talento en la comedia española? Claro que no. De hecho, lo más probable es que muchos de los cineastas, técnicos, guionistas e intérpretes detrás de estas películas ofrezcan un alto rendimiento al servicio de proyectos de calidad

Sin embargo, al dirigirme a las cifras de la taquilla referidas a la producción española, me encuentro con datos que ofrecen escaso margen al debate: la comedia aplasta siempre al campo dramático, que es aquel en el que el cine español no cesa en su voluntad expansiva. Es lógico, pues, que el público sostenga una visión reducida de lo que actualmente es el cine español, si nos circunscribimos a lo que el público realmente ve. Pero, entonces, ¿es el público quien tiene la culpa de su propia percepción negativa? ¿No sería elitista, arrogante, condescendiente y esencialmente cómoda esa postura? ¿No debería la industria cinematográfica española, en especial en lo referido a las grandes productoras, contribuir a la modificación de este paradigma que es, ante todo, perjudicial de cara a la imagen proyectada por parte del cine español hacia el exterior y hacia sus propios consumidores nacionales?

Si nos vamos a comprobar cuáles son las maquinarias latentes tras la mayor parte de los proyectos clónicos arriba mencionados, uno rápidamente cae en la cuenta de que una línea los atraviesa: tras ellas están, o bien las televisiones —privadas o pública—, o bien las grandes distribuidoras. En el caso de Bajo el mismo techo, nos encontramos con publicidad explícita a empresas como Ford en el interior de la película. Esto último es interesante, ya que toda esta serie de comedias no dejan, en cierto modo, de estar articuladas a través de un lenguaje muy próximo a lo publicitario, adheridas a las técnicas de márketing que pueblan nuestras televisiones —además de ser dueñas de unos diseños de producción y direcciones artísticas muy características del marco publicitario—.

¿Significa esto que no haya talento en la comedia española? Claro que no. De hecho, lo más probable es que muchos de los cineastas, técnicos, guionistas e intérpretes detrás de estas películas ofrezcan un alto rendimiento al servicio de proyectos de calidad. No se trata, pues, de una problemática de índole artística, sino meramente industrial. Bajo el mismo techo es la herencia de una forma de trabajar dentro de la comedia española consistente en la flagrante separación de lo cómico del medio cinematográfico. Cuesta mucho encontrar cine en ella. Pero no vamos a dejar de buscar.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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