La circunferencia abultada del absurdo

Hacer comedia es un ejercicio de valentía. Leyendo la historia escondida tras las bambalinas de Tiempo después, la última película de José Luis Cuerda, uno no puede más que sonreír. Cómico reconvertido en cineasta artesano especializado en la adaptación de novelas históricas de marcado matiz dramático, este veterano director ha tenido la oportunidad —apoyado por la práctica totalidad de los miembros del mainstream cómico de nuestro país— de regresar a sus orígenes en las postrimerías de su carrera cinematográfica. Ya septuagenario, Cuerda presenta en Tiempo después un ejercicio humorístico en el que chapotea con una libertad infantil: no hay cadenas, no hay límites para el trazo del absurdo. No hay exigencias de continuidad dramática, no existen los recuadros a los que debió ajustarse para ejecutar con precisión mecánica Los girasoles ciegos o Todo es silencio. En este campo abierto, Cuerda se lanza de cabeza y se admira en el espejo. El resultado: una borrachera circular de comedia disfrazada de distopía.

Las circunstancias del lanzamiento de Tiempo después son, como citaba al comienzo, peculiares. En primer lugar, cabe destacar que Cuerda no se colocaba al otro lado de la cámara desde Todo es silencio (2012). Más curioso todavía resulta el hecho de que el cineasta manchego no se acercase al género cómico, el cual impulsó su carrera en sus inicios —El bosque animado continúa siendo, con toda probabilidad, su mejor película; Amanece, que no es poco es, sin duda, la más popular de todas ellas—, desde 1995, cuando estrenó la irregular Así en el cielo como en la tierra. En ella, al igual que en Amanece…, Tocando fondo o La marrana, se vislumbraron algunas de las carencias del José Luis Cuerda guionista: fundamentalmente, las películas no lograban alzar el vuelo dada su autoindulgencia cómica, que derivaba en una incapacidad para articularse en conjuntos apreciables más allá de su sucesión de gags. La falta de identidad estética de su cine cómico acabó llevando a Cuerda, por desgaste, al cine dramático, con el que logró remontar el vuelo gracias al rotundo éxito de la pulcramente manufacturada La lengua de las mariposas. Cuerda demostró ahí que sí podía ser un director solvente.

Así, Tiempo después acude, de alguna manera, al rescate de aquel humor antiguo de Cuerda, abrazado sin tapujos al absurdo, que consiguió acoger en su seno a multitud de fieles. No en vano, Amanece, que no es poco todavía sostiene, a día de hoy, un consistente club de fans que ha logrado convertir aquellas máximas de todos somos contingentes, pero tú eres necesario o ¡queremos que la muchacha sea comunal! en parte del imaginario popular español. En este sentido, es lógico que la aparición de una película de estas características haya sido celebrada como lo que es: un rescate de la memoria, especialmente la de las personas crecidas a lo largo de los últimos años 80 y los primeros 90, que disfrutaron del esplendor del Cuerda cómico en su juventud. En Tiempo después, el tiempo se sostiene. Y parece que gran parte de los actores que forman parte del reparto —muchos de ellos adscritos a la generación mencionada— estén ahí para celebrar ese regreso como un retorno a la juventud perdida.

Su humor circular, enquistado siempre en el mismo chiste, acaba por agotarse y convertirse en un ejercicio de autoparodia, de mero homenaje al estilo cómico de Cuerda y a su propia trayectoria.

En lo que nos ocupa, que es el análisis no situacional sino fílmico de Tiempo después como artefacto cinematográfico, la última película de Cuerda reincide en los defectos pasados, los perpetúa e incluso disfruta de ellos con vehemencia. El José Luis Cuerda guionista vuelve a demostrar su fabulosa chispa inventiva en lo conceptual: para Tiempo después se saca de la manga una sociedad distópica en la que una única ciudad hermética sobrevive a la extinción de la humanidad, rodeada por un espeso bosque en que habitan los desterrados. Todo ello pronto se revela como una fábula de carácter político-social —otro elemento recurrente en las comedias de Cuerda—: los habitantes de la ciudad constituyen el reflejo del status-quo moderno; las víctimas del destierro son la población marginal, los parados, los parias. Todo el trabajo conceptual y el diseño coral de los personajes está tendido con imaginación y vocación crítica —pese a que esta, en su aspecto político, peque de un exceso de subrayado que la hace rayar muchas veces en lo obvio—.

Los problemas de Tiempo después devienen de su ejecución. Una vez presentado el fresco sobre el que se sucederán las aventuras de sus personajes, José Luis Cuerda se encuentra con graves dificultades a la hora de construir un guión en que el conflicto no palidezca ante la sucesión —extenuante— de situaciones cómicas destinadas al mismo propósito: el de remarcar la intención subversiva del film, el de dejar claro que la película busca erigirse como espejo minimalista de los defectos de toda una sociedad. Lejos de alcanzar el objetivo de su tesis, Tiempo después resulta siempre blanda en sus envites, siempre alejada de la supuesta mordacidad que ella misma se intuye. Y su humor circular, enquistado siempre en el mismo chiste, acaba por agotarse y convertirse en un ejercicio de autoparodia, de mero homenaje al estilo cómico de Cuerda y a su propia trayectoria.

El segundo problema fundamental de Tiempo después llega en el trabajo de puesta en escena de Cuerda, evidentemente lastrado por la dificultad de la película de encontrar la tecla para su coherencia argumental: más allá de la propuesta estética —amén de una fotografía digital algo impersonal, que dificulta la consolidación formal de su diseño distópico— que va ligada al propio concepto de la película, Cuerda emplea la puesta en imágenes como una mera herramienta para acomodar su conglomerado cómico, y no muestra interés alguno en sus personajes, que bailan por la película como piezas de un enorme tablero. La fotografía de Tiempo después tampoco sirve —sostiene su paleta cromática, su intensidad lumínica y su sucesión de planos abiertos encadenados uno tras otro— para establecer una distinción espacial entre la ciudad y el bosque, es decir, entre los dos mundos que confronta. Tiempo después es más argucia que artefacto cinematográfico con pensamiento fílmico.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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