Un jueves en la SEMINCI: nacer, trabajar, morir

Como un pequeño fantasma apaleado por los tiempos. A veces siento martillazos en la espalda, como un golpeteo incesante, una fuerza que empuja. Y voy como un fantasmita por el mundo, no sé bien hacia qué lugar. He querido correr hacia el amor muchas veces: ahora busco con locura abrazarme al cine, que siempre se queda, que está conmigo y me regala alientos inesperados. Trato de hacer un ejercicio de desposesión y me observo desde arriba. Pienso que lo lógico, ahora, es dejarme martillear. Que me empuje el tiempo, que me lleve, y que ya habrá tiempo de romper y salir hacia fuera. Pero hay algo que me mantiene insertado en esa sensación de invisibilidad permanente. Arranco temprano un nuevo día en la SEMINCI. En la bicicleta, de camino a los cines Broadway, observo a la gente que camina. Me pregunto si ellos también se plantearán si existen.

La primera para del día es Morir para contar, documental del reportero de guerra italoargentino Hernán Zin. Habla sobre todos esos periodistas que, como él, se enfrentan a ese abismo de cubrir un conflicto bélico. Zin se retrotrae hacia el propio impulso que los mueve a sumergirse en ese territorio: todos ellos son personas con un sentido de la justicia tan desarrollado que los lleva a asumir riesgos inimaginables para el resto de humanos; para el resto de periodistas. Morir para contar sobrecoge por esa cosa tan valiente de entregarse a algo más grande que uno mismo. Esos grandes reporteros —algunos, como Miguel Gil, Julio Fuentes o José Couso, tristemente fallecidos en el ejercicio de su profesión— abrazan su invisibilidad para hacerse inmensos. En el camino, se quedan heridos para siempre.

La guerra maximiza ese olvido respecto al individuo. En ella, las personas se desvanecen en medio de una vorágine de terror. Así que la labor de esos periodistas resulta doblemente fundamental, ya que se encarga de nombrar las historias que son sepultadas por lo inexplicable. Y las cosas hay que nombrarlas para que dejen de ser invisibles. Algo parecido es lo que hace Ana Ramón Rubio en Almost Ghosts, un documental que viaja en una dirección muy diferente a la de Morir para contar, pero que también centra su mirada en personas que se dejan la vida en su lucha diaria contra el olvido.

Los jóvenes de hoy ya no tienen la posibilidad de saber quiénes son del mismo modo en que la tuvieron Harley, Lowell y Ángel, pese a nacer y vivir en circunstancias mucho más adversas, mucho más crudas. Por eso ellos son casi fantasmas y nosotros lo somos, en cierto modo, de forma completa

Si Hernán Zin es un reportero italoargentino que habla sobre periodistas españoles, Ana Ramón Rubio es una documentalista española —valenciana, concretamente— que habla sobre la Ruta 66 y las entrañas de América. A puro ritmo góspel, la cineasta se lanza al corazón de Estados Unidos para desenmascarar las historias de tres personajes que habitan al filo de la mítica carretera norteamericana, antes una arteria para cruzar el país, ahora una añeja atracción turística. El músico Harley Russell, el artista Lowell Davis y el barbero Ángel Dobladillo protagonizan, desde Missouri a Arizona pasando por Oklahoma, un retrato de esa América olvidada, aplastada por el avance inexorable de la gentrificación y el mundo globalizado.

Uno no lo tiene fácil, en esta sociedad veloz, para saber quién demonios es. Observo a Harley, Lowell y Ángel, que lo tienen tan claro y viven tan dislocados de este mundo moderno, y pienso en que quizá convendría coger la bicicleta y largarse algún día, quizá sin avisar, quizá solo. Es posible que, siendo completamente invisible para el resto de humanos, uno entre en contacto con una mayor consciente de su existencia y de su identidad. Aunque también es posible que no. En cualquier caso, el martilleo continúa, obligándome a continuar. Es el problema de la sociedad norteamericana moderna, en parte: hay un flujo sociocultural que todo lo arrastra, como una corriente aproximándose a una cascada. Los jóvenes de hoy ya no tienen la posibilidad de saber quiénes son del mismo modo en que la tuvieron Harley, Lowell y Ángel, pese a nacer y vivir en circunstancias mucho más adversas, mucho más crudas. Por eso ellos son casi fantasmas y nosotros lo somos, en cierto modo, de forma completa.

Los cortos que brillan en la noche

Y también son fantasmas las personas que hacen cortometrajes en España —y en todo el mundo, vamos—. Así que me acerco al Teatro Zorrilla para asistir a La noche del corto español, dentro de la sección Punto de encuentro de la SEMINCI. Sé que allí habrá buen cine, porque siempre es cine que trata de romper, que prioriza lo artístico, que no está sujeto por las convenciones cinematográficas de la industria. De repente, la noche, de Cristina Bodelón e Ignacio de Vicente, abre el fuego. Con una duración que se aproxima casi al mediometraje, este corto se mete bajo la piel de una madre que reposa ante la posibilidad de sufrir un nuevo aborto natural, en busca de su segundo hijo. El relato se despliega como un viaje de fuera hacia dentro, de tono fantasmagórico, sobre la sensación de pérdida de aquello que todavía no existe, sobre el sentimiento de incapacidad, de no ser suficiente. Recuerdo la presentación reciente de Roedores, de Paula Bonet, un libro en el que precisamente se aborda el tema del aborto natural. Creo que los infiernos están dentro de uno y que la vida puede llegar a ser un reto muy complicado.

Después llega Kafenio Kastello, un viaje de Miguel Ángel Jiménez al corazón de una Atenas en permanente estado de desmembramiento. Su retrato, centrado en una familia que trata de capear la pobreza, se aplica sin afectación, con rudeza, con un poderoso sentido lírico del abandono. Una vez más, personas invisibles. Una vez más, personas que nacen, trabajan y mueren. Viudas, de María Guerra, remonta la crudeza para enfrentarse a la pérdida con un vitalista sentido del humor; mientras Tahrib, de Gerard Vidal, recupera los silencios de Kafenio Kastello para deconstruir el rostro de un joven marroquí que se enfrenta a la necesidad de cruzar el estrecho de Gibraltar en busca de ese sueño europeo, ese sueño americano, esa vida mejor. Es curioso el foco de Gerard Vidal, que se pega a la expresividad de su protagonista para narrar esa historia de espíritu fundamentalmente social. Es un ejercicio interesante de visibilización: partir del problema global hacia el individuo que lo sufre, el individuo sin nombre. Y nombrarlo.

Confieso que los dos últimos cortometrajes de la sesión son los que más profundamente me conmueven. Lo hace especialmente Cactus, de Alberto Gastesi, quizá por su sencillez o por su sutileza a la hora de acercarse a algo tan delicado como lo es la memoria del amor, la memoria de lo íntimo. Creo que se trata de un trabajo cuidadosamente calibrado, de emotividad limpísima. Recuerdo la sensibilidad de Loreak, y ese empleo de las flores como recordatorio de aquellos a los que amamos y ya no están. El colofón lo coloca Gusanos de seda, otro proyecto de una ESCAC que se ha robado el festival. En este caso, se trata del trabajo de fin de carrera de Carlos Villafaina, un suave poema al cariño irreemplazable de los abuelos y las abuelas, y también una reflexión sobre lo terrible que resulta perderlos, porque con su marcha se marca el final de nuestra infancia. Yo los echo de menos siempre. Ellos tienen poderes mágicos: los abuelos consiguen que dejes de sentirte invisible.

Crónica del sábado 20 en la SEMINCI.

Crónica del lunes 22 en la SEMINCI.

Crónica del martes 23 en la SEMINCI.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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