Un lunes en la SEMINCI: vivir es una posibilidad colectiva

Hace dos semanas que fui al cine a ver Clímax, de Gaspar Noé. Fue una experiencia muy física, de salvaje inmersión cinematográfica. Al final de la película, el cineasta argentino proyecta dos enormes letreros que rezan, respectivamente: Vivir es una imposibilidad colectivaMorir es una experiencia extraordinaria. Inmediatamente después, la película terminó y se encendieron las luces, como devolviéndonos a una realidad que ya resultaba ajena para nosotros, que llevábamos hora y media dando vueltas en las luces de alterne y el LSD de Noé. Las personas de la sala nos miramos con los ojos muy abiertos, como si fuesen las 8 de la mañana y llevásemos diez horas consecutivas bailando en una discoteca sin luz, y recuerdo que en esa mirada común hubo algo compasivo: no estábamos de acuerdo con eso de que vivir en común sea imposible. En la SEMINCI tampoco lo están.

Tras un día dedicado a otras labores ajenas al cine, regresé a Valladolid para sumergirme de nuevo en las profundidades del cine español de su semana cinematográfica. Lo hice ajustando los horarios de malabarística forma, tratando de optimizar el tiempo, que se ha convertido, últimamente, en uno de mis mayores y más terribles enemigos. Pensé de nuevo, una vez más en el autobús de camino al Teatro Calderón, que una sensación parecida a esa es a la que la gente debe referirse cuando habla siempre de trabajar haciendo lo que te gusta. Un rato más tarde, paseo hacia los Broadway y primera parada del día: Serás hombre, un documental de Isabel de Ocampo.

Hay matices de nuestra identidad que hemos trabajado increíblemente poco. Elementos de la misma que damos por sentados: categorizaciones por defecto, etiquetas preconcebidas. Desde pequeño he pensado en qué significa realmente el hecho de que yo tenga que ser un hombre. Me he topado con la evidencia biológica pero también con ciertos choques socioculturales y cauces chirriantes que me han hecho sentir siempre incómodo. Un poco sobre eso versa Serás hombre, que retrocede hasta el punto de vista antropológico para estudiar la construcción de la identidad masculina en las sociedades occidentales. A partir de ahí, crece: habla de dominación, de trata de blancas, de la proyección de una sociedad de naturaleza patriarcal que oprime terriblemente a las mujeres y que impide a los hombres que quizá no quieran serlo tanto desarrollarse con naturalidad.

Recorro media ciudad en bicicleta para conocer a Javier Angulo, director de la SEMINCI y, entre otras cosas, fundador de Cinemanía y miembro de la redacción inicial de El País

La perspectiva de Isabel de Ocampo es expansiva: su mirada busca tan solo ampliar el espectro, dejar que observemos los puntos ciegos de nuestra identidad y reflexionemos. Se abraza a todos los estratos de esa construcción de la masculinidad —desde los colegios hasta los prostíbulos— y se lanza sobre ella con una actitud receptiva. Serás hombre tiene claro qué busca, pero no tiene miedo de reconducirse por el camino. Pienso que quizá en ello esté la gracia de vivir. En aprender y crecer. Tras ver el documental de Isabel de Ocampo, me convenzo un poco más de que Gaspar Noé no tiene razón.

He descubierto que, en medio de un festival de cine, la cuestión de comer es un poco subjetiva. Así que como a toda velocidad y recorro media ciudad en bicicleta para conocer a Javier Angulo, director de la SEMINCI y, entre otras cosas, fundador de Cinemanía y miembro de la redacción inicial de El País en 1976, en una entrevista que es breve porque debo volar de nuevo hacia abajo, volviendo a los Broadway. Allí se proyecta la sección Quercus, que contiene cinco cortometrajes de jóvenes cineastas españoles, todos ellos muy diferentes. Llego al límite de mi tiempo y mis posibilidades físicas, y empiezan a disparar.

A puro ritmo de cortometraje

La sección arranca con Amancio, vampiro de pueblo, de Alejo Ibáñez, un corto que mezcla fantasía, humor y atmósfera rural para desarrollar un relato macarra que subvierte desde los márgenes. Sigue La proeza, de Isaac Berrocal, que no tiene tantos reparos a la hora de sumergirse en el terror más satánico. Partiendo del debate público en torno al aborto, La proeza desciende hacia los infiernos en busca de los demonios que aún hoy continúan persiguiendo la libertad individual. Quercus pega un volantazo para llevarnos a Supreme, de Pablo Conde, un chispazo californiano a lo Sean Baker sobre las terribles desigualdades de una sociedad hipertrofiada. Y vuelve a girar para llegar a Vacío, un breve y lírico homenaje de Alfredo Lamas y Juanma F. Pozzo a las vidas rutinarias del rural castellano y a cómo en ellas se alcanza un grado de intimidad con el entorno inalcanzable para nosotros, que vivimos asfixiados por la dictadura de ese villano llamado tiempo. La sección se cierra con Volcánica, un corto explosivo de Alberto Velasco que, con estética de corte almodovariano y nada menos que Aitana Sánchez Gijón o Luis Bermejo en su reparto, se lanza con el cuchillo entre los dientes hacia aquellas personas que caminan por el mundo perdonando la vida a los demás. Ya basta de eso.

Salgo disparado de los Broadway para esconderme en una cafetería y entrevistar a Gustavo Sánchez, director de I Hate New York, vía conferencia telefónica en conexión con la capital neoyorquina. La entrevista, no os voy a engañar, me revitaliza. Y vuelvo a los cines para enfrentarme, precisamente, a un artefacto cinematográfico que funciona como una bomba oxigenada de pura vida. Se trata de Meeting Jim, una coproducción turco-española dirigida por la joven cineasta Ece Ger y coproducida por la almeriense Marta Benavides. El documental presenta una figura casi mitológica, de leyenda: la de Jim Haynes, el hombre de los infinitos amigos. Tras su estilo de vida desenfadado y proactivo subyace una valiosa filosofía de vida: Gaspar Noé no tenía razón. Vivir es una posibilidad colectiva. Y si no lo creéis, podéis pasaros cualquier domingo por la casa de Jim Haynes en París. Él os invita a cenar.

Un día más, cierro mi jornada en la sección Tiempo de historia, en el Teatro Cervantes. En esta ocasión es el turno de Comandante Arian: una historia de mujeres, guerra y libertad, un documental de Alba Sotorra que atrapa por lo valiente de su premisa. La documentalista catalana coge su cámara y se planta en primera línea de lucha contra el DAESH en Siria. Allí, frente al terror más inimaginable, se erige la YPJ (Unidades Femeninas de Protección), un grupo de mujeres que luchan porque el mundo no se desvanezca. Entre ellas despunta Arian, una comandante que nos demuestra, una vez más, que la desesperanza de Gaspar Noé es algo contra lo que debemos rebelarnos. Ella, en primera línea de combate, hace acopio de vida y sonríe. Pienso que el mundo sería un lugar hermoso si Arian tuviese poder. Pienso que no debería ser tan difícil vivir juntos.

Crónica del sábado 20 en la SEMINCI.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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