Un martes en la SEMINCI: recuerdos que no se pueden borrar

Lo reconozco: es martes y ya me despierto terriblemente cansado. Me miro en el espejo por la mañana, antes de ducharme, y me quedo ahí durante unos minutos. Las manos sobre el mármol frío y la mirada fija en los ojos que regresan del cristal. Intento darle pausa a mi cuerpo, que burbujea como una pastilla efervescente en la superficie del agua. Observo mi rostro y caigo en el lado frágil del mismo, el que no veo habitualmente, el rostro viejo de la persona joven. Me han salido dos líneas en la frente que, por mucho que estire la piel, se esfuerzan por no desaparecer. Ha empezado mi tercer día en la SEMINCI, y creo que lo he arrancado con un regusto de abandono. Pienso, mientras pedaleo hacia el Teatro Calderón, en que hay cosas que me han ocurrido y que ya nunca podré borrar de mi memoria. Hasta que mi memoria desaparezca.

Es cierto que llevo tres días aquí, pero resulta ser la primera vez que entro en el Calderón. Tras unas escaleras, se despliega ante mí una majestuosa sala de estilizada suntuosidad. Me siento pequeñito, abrumado. Quizá no es que me sienta así, sino que resulta que lo soy. Estoy allí para ver Jaulas, la ópera prima de Nicolás Pacheco, que completa, junto a Tu hijo, la representación española dentro de la sección oficial del festival. Imagino lo fascinado que debe sentirse el cineasta por estrenar su película en tamaño escenario, en tamaña pantalla, ante tamaña audiencia. El cine es una cosa hermosa y cálida.

Antes de la proyección del largometraje, llega No me despertéis, proyecto de graduación en la ESCAC de la joven Sara Fantova, que resulta ser el único cortometraje español seleccionado para la categoría oficial de la SEMINCI. La cineasta bilbaína se estrena en un festival de renombre con una historia muy personal que retrocede diez años atrás, en busca de una época en la que el ambiente abertzale todavía se sostenía con mucha fuerza en el núcleo del País Vasco. En medio de ese entorno, ella, una adolescente, se vio obligada a enfrentarse a una realidad de escondites y contrastes después de que su padre entrase a formar parte del gobierno vasco, enfrentado a la lucha terrorista de ETA. Fantova crea un espacio de congojo, opresivo, de incomunicación. Y centra su mirada en la psicología de esas personas jóvenes que, durante tantos años de historia vasca, no pudieron ser precisamente eso: jóvenes.

Jaulas es una alegoría que se despliega con alas de fantasía, un cuento tragicómico casi borgiano, que traza su parábola en torno a las paredes que oprimen a todas aquellas personas que habitan los márgenes del poder establecido. Sus protagonistas son una madre y una hija, ambas valientes, que deciden escapar un día del yugo al que las somete el patriarca familiar. Así, el patriarcado se quiebra: ellas huyen, hacia adelante, en busca de algo, de una salvación misteriosa, de un calmado aliento de vida. A su alrededor se despliega una hilera de personajes inadaptados: inmigrantes, discapacitados; todos juegan un rol fundamental en la embestida contra el status quo. Al final, sin embargo, Nicolás Pacheco tensa la cuerda y me lanza a la cara aquello de las huellas imborrables. Ahí está la gran tragedia de Jaulas: existen decisiones irreversibles en tanto que nos construyen, nos moldean, se convierten en parte de nosotros. Y, frente a eso, no hay nada que hacer. Como ante las dos líneas de mi frente.

Creo que, si el mundo se comporta de manera relativamente justa con ella, Celia Giraldo será una cineasta fantástica.

La tarde arranca con más juventudes cineastas: ¡llegan los cortos de la ESCAC! Pero antes, Concha Velasco nos presenta Mañana y siempre, un cortometraje realizado por su hijo Manuel que funciona como campaña de concienciación frente a la osteoporosis, «la enfermedad silenciosa». Y luego llega la gasolina: empieza con todo Carlota Oms, que presenta Adalamadrina, un relato a puro ritmo sobre el impacto que los youtubers pueden llegar a tener en las jóvenes desplazadas de los núcleos sociales. Oms emplea un film granulado y una paleta de colores en tonos pastel y rosado para introducirse en los huesos de una especie de Carrie moderna, un retrato sucio y físico sobre la lejanía de la corrección social. La sucede Alejandro Marín, que nos trae Nacho no conduce, un melancólico pero dulce cortometraje sobre las grietas que se abren entre nosotros y nuestros amigos de la juventud cuando pasan los años y nuestros caminos toman direcciones diferentes. A Marín, de todos modos, le interesa apuntar a los puntos en común, y no a las diferencias. Ese vínculo primigenio, en Nacho no conduce, es suficiente para sostenernos junto a aquellos que crecieron con nosotros.

La cosa se presenta mucho más distendida con Sin pausa, de José Cachón. Los asistentes al Teatro Zorrilla emiten sonoras carcajadas, ¡con razón!, mientras se proyecta esta bomba cómica sobre lo estúpidos y ridículos que somos a veces, cuando, como muchos jóvenes, vivimos despegados de nuestras propias ambiciones. Te busco en todos, de Celia Giraldo, cierra la sesión. Antes de su proyección me detengo a pensar en lo irremediablemente evocador que me resulta el título del cortometraje. Hago mis cábalas e, intuyo que por la deriva de mi formación artística, picada sobre las piedras de The Smiths y El Gran Gatsby, imagino que la historia que me van a contar tratará sobre una persona que no logra olvidar a su gran amor. La cosa no va por donde yo imaginaba, o quizá sí lo haga: no es un amor romántico el que representa Celia Giraldo, sino uno mucho más poderoso. Ella elige hablar del amor de una madre por su hijo, y de la ausencia imposible de llenar que deja en ella su marcha. Me parece un ejercicio de fantástica madurez, posiblemente mucha más de la que yo mismo tenga. Creo que, si el mundo se comporta de manera relativamente justa con ella, Celia Giraldo será una cineasta fantástica.

Se me rompe el cuerpo entre dos aguas

Salgo volando del Teatro Zorrilla, y es que parece que me he acostumbrado a volar como costumbre, lo cual adquirirá un hilarante sentido al llegar al final de esta crónica. Aterrizo en los Broadway, que se están convirtiendo en un lugar familiar, igual que lo son ya desde hace tiempo los Renoir madrileños, los Cinesa de Sant Cugat del Vallès, los Numax de Santiago de Compostela o los Multicines Norte de Vigo. Mis casas en todas las ciudades en las que he vivido. Allí me enfrento a Entre dos aguas, esa proeza arrebatadora de Isaki Lacuesta que llega de San Sebastián, donde se alzó con la Concha de Oro.

Pienso, antes de comenzar su proyección, en lo buena que debe ser esa película para haber derrotado a Quién te cantará, la última genialidad desbordante de Carlos Vermut. Al acabar, comprendo la decisión —aunque quizá no la comparta, en términos estrictamente subjetivos y personales—. Hablo de enfrentarme con el film de Lacuesta porque eso es lo que uno hace: se enfrenta a las imágenes, que son un prodigioso cruce entre su belleza y lirismo visual y una agresiva honestidad. Estoy convencido de que el término agresiva está muy lejos de representar la violencia y el poder de la forma de rodar del autor de Girona. Ver Entre dos aguas es una experiencia filmográfica que apela, de entre todos los sentidos, al tacto: la película se toca, rasga la piel, rompe la epidermis como una afilada navaja. El equilibrio entre tragedia ficcionada y verosimilitud documental es grandioso en el último trabajo de Isaki Lacuesta, que vuelve a hablarme a la cara sobre aquellas cosas que nunca podremos olvidar. Él, concretamente, se las tatúa en la espalda a su personaje principal. La tinta entrando en la piel. Pura fisicidad cinematográfica. Salgo de ella, eso sí, absolutamente derrotado. Mi cuerpo no puede más. Ha sido demasiado.

Siguen ahí, las dos rayas. Pienso: qué cabronas. Nunca me dejaréis marchar.

Pero aún queda el último plato de la jornada, que no es otro que Tiempo después, de José Luis Cuerda. Comentan, en la presentación, que es una especie de prolongación de Amanece, que no es poco. Entiendo el paralelismo, pero creo que habitan dimensiones bien distintas, y no solo en el sentido literal. El humor de la nueva película se José Luis Cuerda no posee la frescura de su trabajo más mítico, exceptuando algún ramalazo de genialidad de su mente impredecible. El caso: en la película, algunos personajes tienen la capacidad de volar. Lo hacen de forma muy estúpida, rebuscando en la comicidad de cada gesto. Pienso en si yo habré sido así de absurdo durante todo el día, corriendo de un lado para otro, tratando de cubrir la SEMINCI con brazos más largos de los que tengo.

Llego a casa y vuelvo al baño, donde me meto debajo del agua como si de la mismísima fuente de la vida se tratase. Salgo de la ducha, con el pelo mojado, y vuelvo a mirarme al espejo. Siguen ahí, las dos rayas. Pienso: qué cabronas. Nunca me dejaréis marchar. Bueno, sí, pero al final. Espero que vivamos juntos muchos años más, mis errores y yo. Qué haría yo sin ellos.

Crónica del sábado 20 en la SEMINCI.

Crónica del lunes 22 en la SEMINCI.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

4 comentarios en “Un martes en la SEMINCI: recuerdos que no se pueden borrar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *