Un sábado en la SEMINCI: la felicidad está en empezar

Pasa a veces, no muchas, que empiezas algo y vuelves a sentirte vivo. A un servidor le ocurrió tal cosa al vivir por primera vez fuera de casa, años atrás, cuando comenzaba en la aventura improbable del periodismo. También en las pocas pero intensas oportunidades que la vida le ha ofrecido para enamorarse. Le pasó, claro, cuando el año pasado se mudó a Madrid y parecía que el mundo se desplegaba como un viejo mapa arrugado. Le está pasando ahora -confieso-, con el lanzamiento de Revista Destape, que no es más que una proyección de sus noches pasionales circulando alrededor de las películas. Y también le pasa ante la virginal oportunidad de disfrutar de un festival de cine como la SEMINCI.

Así que yo, que resulto ser el servidor despersonalizado del primer párrafo, salté de la cama como un niño que rebota en una colchoneta para dirigirme al primer día del festival. Pensé, recuerdo, en el tiempo que hacía desde que no sentía una ilusión así por algo, y en si quizá esta cosa inesperada va a estar devolviéndome a la vida, a mí que buceaba en medio de una marea viscosa de conformidad. Subido al autobús camino al Teatro Calderón, pegué la cara a la ventana y contemplé Valladolid como si aquella ciudad fuese un refugio nuevo, un lugar inmenso, vacío e inexplorado; fui otra vez un niño bajando las escaleras de dos en dos para llegar al parque lo antes posible.

Al recoger mi acreditación de prensa en el Calderón, me detuve un instante a contemplar mi fotografía, impresa sobre el plástico, y pensé que aquella persona posiblemente no era yo, aunque al fin y al cabo yo no sé qué soy exactamente. La persona que me devolvía la mirada desde la fotografía me pareció seria, allí plantada, y me abrumó la sensación de que quizá todo esto sea mentira, aunque qué más da. Daba igual ya, pues el cine de la SEMINCI comenzaba. Y lo hizo a lo grande: con la proyección en el Teatro Carrión de Tu hijo, la nueva película de Miguel Ángel Vivas.

Tu hijo no habla de las mujeres para explicar que la sociedad tampoco lo hace, aunque crea —y esto posiblemente sea lo más grave de todo— que lo hace demasiado

Tu hijo posee una redondez fulminante, propia de una productora tan deslumbrante como Apache Films. La película inaugural de la 63ª de la SEMINCI funciona como un arrebatado juego de manos: Vivas presenta un thriller desbocado, pegado a la espalda de un pletórico José Coronado que va de la calma al derrumbe, en un proceso de descomposición interpretativa radical, y no suelta al espectador hasta el final, como un velocista capaz de ir más rápido que el agua, y de ir colocándole tablas de madera para que prosiga su cauce, frenético, hasta la desembocadura.

Tras la proyección, mientras comía, estuve pensando en cómo la película de Miguel Ángel Vivas se enfrenta, de inteligentísima forma, al asunto del relato social establecido. De cómo no habla de las mujeres para explicar que la sociedad tampoco lo hace, aunque crea —y esto posiblemente sea lo más grave de todo— que lo hace demasiado. Y también le estuve dando vueltas a cuáles pueden llegar a ser los límites del amor, y hasta qué punto estaríamos dispuestos a defender el honor de aquellos a los que amamos, pese a saber que no llevan la razón. Hasta qué punto las manos que tendemos juran lealtad eterna.

Odiando Nueva York

Entonces vino a sacudirme Gustavo Sánchez, que se trajo consigo a la SEMINCI I Hate New York, un documental que se plantea como un artefacto de pura transgresión. Transgresión porque habla de cosas no habladas en el espectro cinéfilo neoyorquino, tales como la contracultura transexual de la noche, y porque lo hace con inusitada ternura. A través de cuatro personajes insólitos, Sánchez se aproxima lentamente a la idea de que quizá los cristales que oprimen nuestros días se estén pegando demasiado a nuestra piel. Y ya va siendo hora de romperlos, o de hacerlos más grandes.

Salgo de los cines Broadway y ya es de noche, y una brisa leve sopla a lo largo de todo el paseo de Zorrilla. Estoy cansado y feliz cuando llego al Teatro Cervantes, en cuya puerta se agolpa la gente. Es uno de los eventos grandes del día: el estreno en España del documental El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar, premiado en la Berlinale y que, afortunadamente, ya ha encontrado distribución para nuestras salas a través de BTeam Pictures. No cabe un alfiler, pasan de las diez de la noche y en Valladolid se sigue respirando un hambre de cine que me transporta. Pienso, no sé por qué, en la canción Ojos de gata, de Los Secretos. Canturreo en mi cabeza: pero cómo explicar, que me vuelvo vulgar, al bajarme de cada escenario… Ahí, en el cine, todo parece mejor. La vida parece mejor.

Pienso en mi abuelo, que se fue este año y al que echo de menos, y en lo distinta que habría sido su vida si le hubiesen dejado ser libre

El silencio de otros arranca, tras la aparición de los créditos finales, un abrumador aplauso que se extiende durante casi diez minutos. No es para menos: Carracedo y Bahar levantan un monumento que acumula casi una década de trabajo, de contacto directo con las víctimas del franquismo y sus herederas, las que todavía buscan que se haga justicia. El documental se detiene en este último concepto y lo desmitifica, arrancándole esa costra de venganza que muchos tratan de imponerle. En lugar de eso, El silencio de otros elige volverse íntima, como una vieja caricia de las manos de papel de una abuela. Y conmueve, y pienso en mi abuelo, que se fue este año y al que echo de menos, y en lo distinta que habría sido su vida si le hubiesen dejado ser libre.

Hoy, que me acuesto con sensación de comienzo, temo creer que estemos empezando a serlo por fin. Lo temo por si llegase a resultar, al final de todo, que no fuese verdad. Pero ha sido un día feliz, un sábado en la SEMINCI. Y quería que lo supieseis.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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