Una casa para guardar la infancia

Cuando se es joven, el futuro es una visión infinita. El niño se sienta frente a él como tendido sobre los arenales de una playa vacía, en calmada observación del océano que se despliega ante su mirada. Al final de la extensión azul, en el punto en el que los tonos se mezclan y el mar colisiona con el cielo, las aguas trazan una curvatura invisible, un espacio lejano que el pequeño no consigue siquiera imaginar. Pasa algo con lo desconocido, y es que resulta mortalmente atractivo. Seducidos hasta la médula, nos lanzamos a esa curva distante como si esa fuese la única opción que nuestra genética logra comprender. Cuando la pisamos, cansados de nadar, comenzamos a extrañar la arena. Y así andamos siempre, cruzando los mares. Viajando Con el viento del mismo modo en que lo hace Mónica, la protagonista del primer largometraje de ficción de la barcelonesa Meritxell Colell.

Pensando un poco mejor la última frase escrita, me gustaría apuntar que quizá ficción no sea la palabra más acertada para definir Con el viento. Es indiscutible que Colell emplea, especialmente en cuanto a la narrativa, elementos del relato de ficción para construir la historia de Mónica —quien, por cierto, está encarnada por la coreógrafa Mónica García, que debuta en el mundo del cine ofreciendo una interpretación limpísima, de emotividad matizada y contenida—; sin embargo, hay algo en la propia concepción del hecho cinematográfico de la cineasta que aleja a su película de los estándares habituales sobre los que se sustenta este tipo de cine.

Me explico con un poquito más de calma: existen dos elementos que recorren de manera transversal la identidad de prácticamente todas las películas de ficción herederas del modelo institucional de representación cinematográfica. El primero es el empleo de lo verbal como vehículo de la narración. La prioridad del diálogo como constructor de continuidad en el montaje. En Con el viento, la expresión verbal funciona como complemento secundario, como un simple soporte de lo cotidiano. Meritxell Colell busca otorgar un mayor peso a la interacción entre cuerpos y espacio, hallar la expresividad a través de lo físico, de lo material por encima de la palabra. Mediante una estética próxima al naturalismo, quizá algo abandonada al lirismo de lo salvaje y lo puro, la autora incrusta lo verbal en el mero ejercicio rutinario en el que la película inicia su exploración de la verdad oculta tras las máscaras sociales de los personajes. Pero no son las palabras las que denotan el arco liberador de las protagonistas, sino aquello que late detrás de ellas: los gestos, la carga corporal, la forma en que las personas se enfrentan a la ausencia y a no saber quienes son.

Desde lo rutinario, desde lo íntimo: así brota ‘Con el viento’.

Esta búsqueda, este ansia por conocer lo que hay detrás nos lleva al segundo elemento en el que Con el viento toma distancia con el cine de ficción estandarizado: el lavado de la dramaturgia interpretativa. Meritxell Colell y Julián Elizalde, su director de fotografía, trabajan de cerca con los rostros de los personajes: principalmente con el de Mónica, aunque también con el de sus tres compañeras de reparto: Concha Canal —Pilar, la madre—, Ana Fernández —Elena, la hermana— y Elena Martín —Berta, la sobrina—. A la cineasta le interesa excavar más allá de la artificiosa construcción del personaje ficticio; construir sus trazados dramáticos a partir de las emociones de las actrices, y no de aquellas otras escritas en el guion.

Porque el libreto de Con el viento funciona más como una hoja de ruta que como un marcapasos. Colell habla de Jonas Mekas cuando quiere pensar en un pilar en el proceso de conformación de su identidad artística, y tiene todo el sentido del mundo: ella es cineasta porque la búsqueda de lo fílmico parte de un punto muy distinto a la de cualquier otro tipo de vía de expresión artística. Nace de esa intimidad de los rasgos en movimiento, de las historias que cuentan los cuerpos que se tocan, de la forma en que nuestras manos, al acariciar el cristal de una ventana, hablan sobre la memoria emocional de nuestro físico. Con el viento brota desde ahí, desde dentro, desde lo tangible, para contar la historia de Mónica, una mujer que abandonó su casa rumbo a Buenos Aires y regresa a ella años más tarde, con su padre enfermo y aquel lugar virginal, de infancia, conservado como un lugar sin tiempo.

La hermosura conmovedora de la primera película de Meritxell Colell nos hace pensar que este puede ser el punto germinal de una cineasta en plena conexión con ese punto —tan místico y cercano al mismo tiempo— de unión entre el cine y la vida, tras la estela que va abriendo el más lírico y físico de nuestros exploradores: Isaki Lacuesta. Hay algo mágico en este tipo de creaciones que no se enmarcan en ninguna categoría de las que la industria inventa para que todo esté bien clasificado; algo que nos devuelve, de golpe y de pronto, a aquel lugar inocente en el que nos topamos por primera vez con el cine, admirados ante lo milagroso de la memoria que brota en imágenes en movimiento. Y también tiene algo de refugio, de constructo donde salvaguardar los años perdidos. De casa donde guardar la infancia antes de marcharnos, para siempre, Con el viento.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

2 comentarios en “Una casa para guardar la infancia

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