Una mirada a la inmortalidad de Altamira

El arte debe tener algo capaz de conquistarnos de un modo que ninguna otra cosa ha conseguido hasta la fecha. Es una habilidad inexplicable, quizá vinculada con su capacidad para alejarnos de las soledades. A mí, os lo aseguro, me encantaría poder dibujar unas palabras en torno a esa emoción imposible que me embarga ante la visión pura de la belleza, que prácticamente consigue alejarme de mi propio cuerpo e introducirme en un estado de comunión con ese elemento etéreo, ese elemento lejano que de repente se incrusta en mi interior. Por increíble que parezca, existe algo todavía más místico que esa sensación de pertenencia tan hermosa, y es que, dentro de la subjetividad de esa conexión, todos la compartimos de un modo u otro. Y no sólo nosotros, que ahora y por un breve tiempo pisamos estas tierras, sino todos los seres humanos que algún día la habitaron. Si no, que se lo pregunten a José Luis López Linares (Madrid, 1955), director de Altamira, el origen del arte.

Como suele ocurrir con esa clase de proyectos cuyo motor de propulsión es la pasión, el proceso de gestación de este documental ha sido largo. “Es verdad: se ha ido complicando, pero también enriqueciendo. La idea original siempre fue la de hacer este documental, pero, por la mitad del camino, fueron surgiendo cosas distintas”. Así, como película paralela, el propio López Linares colaboró en el guión del largometraje de ficción Altamira (2016), dirigido por el británico Hugh Hudson y protagonizado por Antonio Banderas en el papel de Marcelino Sanz de Sautuola, el naturalista que, en una excursión junto a su hija en 1879, descubrió las cuevas de Altamira.

La figura de Marcelino vuelve a ser uno de los pilares alrededor de los que pivota Altamira, el origen del arte. “En lo que a él se refiere, no solo resulta interesante el propio hecho del descubrimiento, sino que intentamos poner en relieve la importancia de la interpretación que él mismo realizó de las pinturas rupestres. En su época fue un incomprendido, ya que todo el mundo rechazó su idea de que las personas que habían pintado aquello eran, realmente, unos artistas. Fue el primero en pensarlo, y generó una confrontación fortísima con la percepción que, en aquel tiempo, se tenía acerca del origen de la pintura como arte, consensuadamente ubicado en el Renacimiento”. Así, lo que hizo Marcelino Sanz de Sautuola no fue sólo descubrir uno de los yacimientos prehistóricos de mayor relevancia artística de toda Europa, sino también “reabrir un debate fundamental sobre el origen del arte“.

Recreación de Marcelino Sanz de Sautuola y su hija María en ‘Altamira, el origen del arte’.

La argumentación sostenida entonces por Marcelino y ahora subrayada con vigor por José Luis López Linares se fundamenta en la idea de que “las primeras cosas que se descubrieron sobre la época no eran precisamente pequeños dibujos. Se descubren grandes de arte que conmocionan al mundo“. El cineasta, uno de los más destacados documentalistas de nuestro país en lo que se refiere a trazar vínculos entre los mundos de la pintura y el cine —en su filmografía podemos destacar, entre otras, películas como El Bosco. Jardín de los sueñosSorolla: La emoción del naturalEl primer siglo del Prado—, no cesa en su admiración ante el revolucionario hallazgo de Marcelino: “La pintura es muy interesante, sobre todo por su sencillez. Realmente es un milagro que se conserve, dado que se trata simplemente de un óxido de hierro diluido en agua y aplicado con la mano, junto a un carboncillo pintado sobre la roca. Que haya perdurado de esta manera tan extraordinaria a lo largo de 20.000 o 30.000 años es todo un acontecimiento. Podemos verlas casi como si acabasen de pintarlas. Es algo milagroso”.

Ahí entra en la discusión otra de las líneas básicas de la reflexión que López Linares lleva a cabo en Altamira, el origen del arte: la capacidad de la obra artística para sostenerse a través del tiempo. “Es un poco aquello que decía Simone Weil de que el arte es la eternidad aquí abajo. Es un retazo de algo, como una memoria del más allá que traemos a la vida. Ahí quizá podamos encontrar alguna respuesta a la pregunta de por qué hacemos arte, de por qué necesitamos contemplarlo. Siempre está presente esa lucha entre la belleza y la verdad, y también te hace pensar en por qué ha habido civilizaciones enteras, religiones e iconoclastias que, a lo largo de los siglos, han tratado de prohibirlo”. Qué incomodidad encontrarse con la inmortalidad en la propia vida. Qué incomodidad acercarse a Altamira.

Sobre la forma en la que ha rodado Altamira, el origen del arte, López Linares habla sobre “lo artesanal”, sobre una experiencia similar a “pintar en la mano con la piedra”. Así, la ejecución de este documental se aproxima un poquito, también en lo formal, a aquello que retrata y admira, abriendo ese hilo de debate tan fascinante con el que la película cierra su tesis: ¿evoluciona realmente el arte a lo largo del tiempo? El cineasta madrileño cree que no. Que simplemente se extiende. “Quizá sí exista una evolución en la técnica y el conocimiento, pero yo pienso que esos son aspectos que, en el fondo, carecen de trascendencia. En el fondo del arte, en aquello con lo que conectamos, no ha habido cambios, quizá porque las preocupaciones últimas de la humanidad tampoco han variado, aunque sí haya habido cambios en lo periférico. Nosotros, igual que aquellos que pintaron las cuevas de Altamira, no somos más que seres humanos“. Y nada hay más humano que sostenerse en ese hilo entre la verdad y la belleza. Sin caer nunca hacia ningún lado. Siempre embelesados, siempre arrollados por el arte. Siempre abrumados por Altamira.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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