Una paloma pausa el vuelo

quién dirige el universo
quién me escucha a mí

I. Un comentario sobre cine.

En el primero de los quince días que cubren la narración de La virgen de agosto, quinto largometraje de Jonás Trueba (Madrid, 1980), un hombre de mediana edad muestra un apartamento a la protagonista, interpretada por Itsaso Arana (Tafalla, 1985). Al entrar en cada habitación, apunta curiosidades. Entre ellas: la puerta del cuarto, que a simple vista parece que se estrellaría contra la cama al ser cerrada, traza su arco perfectamente sin apenas rozar el colchón. El cineasta advierte entonces de que la mirada puede engañar, pero la acción siempre determina el curso de la verdad. Empieza así el tránsito fantasmagórico de una mujer incrustada en una suerte de limbo existencial, de lugar sin tiempo.

Al tercer día, la mujer sin nombre sale temprano de su apartamento. Moviéndose por las calles de Madrid, decide subirse a un autobús para turistas en el que fija su mirada en una joven asiática: esa mujer extranjera se convierte en una especie de espejo deformado de la protagonista, que se planta en el mes de agosto de Jonás Trueba como una persona sin pasado. El cristal de un museo devuelve el reflejo de la turista asiática, que acaba por marcharse en busca de nuevas esculturas. La protagonista ocupa entonces su lugar, y el cristal pasa a contener su imagen. Extranjera en su propia ciudad, se encuentra entonces con un antiguo amigo, quien por fin la nombra: Eva, le dice. Eva, qué haces aquí. No hago nada, contesta ella. No sé muy bien qué hago.

Los espejos continúan a medida que la película discurre en leves episodios en forma de días. Es la propia cinta, es La virgen de agosto la que se refleja en sus influencias, la que trae los códigos de El rayo verde a un universo conocido, a un espacio familiar. Jonás Trueba absorbe su ascendencia y la aplica a sus entornos, y toda esa ambigüedad del personaje principal, ese no saber, se traslada a la genética de la película, ubicada en un lugar incierto entre su procedencia y su vocación. La virgen de agosto dialoga con su pasado, con las películas y los referentes culturales que moldean sus contornos; pero también lo hace con el presente, aplicando formas de otro tiempo a un contexto muy específico, muy concreto, fácilmente descifrable. En este diálogo entre pasado y presente se pierde el personaje de Eva: inevitablemente asaltada por los acontecimientos previos a la película, casi ninguno de ellos acaba por golpear las cosas que en ella, de hecho, suceden. Podemos afirmar que existe un único braceo doloroso de la memoria, ubicado en el momento en que el personaje interpretado por Itsaso Arana se reencuentra con su expareja de forma inesperada a las puertas de un cine. La resolución de este contratiempo, sin embargo, no deja de ser pragmática: ella acaba por marcharse del cine y la escena se corta para mostrárnosla en su casa, relatando lo sucedido en su diario. Al terminar, apunta: «mañana volveré a ver la película». Las páginas se van cerrando, como si agosto no pudiese mirar atrás.  

II. Un comentario sobre Madrid.

Itsaso Arana observa las lágrimas de San Lorenzo desde Debod, una cascada de perseidas atravesando el cielo. Itsaso Arana observa la procesión desde su balcón en Ribera de Curtidores. Itsaso Arana lee el cartel de la entrada de los Jardines de Sabatini mientras come un helado. Itsaso Arana baila en la Plaza de la Paja. Sabemos que existe más mundo fuera de Madrid porque los personajes secundarios filtran gotas de extranjería, pero de algún modo es como si el único universo que conociese La virgen de agosto fuese el de la propia ciudad. 

Puede parecer que la puerta vaya a golpear la cama al cerrarse, pero lo cierto es que cierra perfectamente. Puede parecer que la poética de La virgen de agosto acelere demasiado en ocasiones, llevando su tapiz dramático a un nivel de afectación peligroso, casi falseado. Pero la película se recompone rápido y sus sobresaltos en forma de voz en off son equilibrados con tránsitos silenciosos; los días de conversaciones intensas en la ribera del río son compensados con días en los que la luz dibuja sombras a través de las cortinas. Jonás Trueba es capaz de filmar, a través de los ojos de Itsaso Arana, una Madrid que es cara y envés, que es excitación pero también agua que brota en calma, mansamente. Todo con el objetivo de enmarcar en un espacio concreto la acción posible; de que todo sea lo suficientemente familiar para no escaparse hacia las películas referenciadas. Madrid es un candado, un círculo de seguridad para que el estilo de Trueba brote sin miedo a pisar jardines ajenos. 

Eva no ha vivido nunca fuera de Madrid: con la cabeza emergiendo del agua como una isla solitaria, se pregunta cómo llega uno a ser quien realmente es. ¿Es necesario abandonar la ciudad en que uno nace, alejarse de las personas queridas, explorar territorios de individualidad que lo familiar no permite? Si La virgen de agosto es el tránsito de una mujer a lo largo de dos semanas de verano, podemos concluir que la primera semana es la de las preguntas, de la de incertidumbre. Ese camino dubitativo se clausura con la primera visita al cine, con el reencuentro con su expareja, con la promesa: «mañana volveré a ver la película». La segunda vez en el cine, la segunda semana, es una oportunidad para aproximarse a las respuestas. Primero, moldear la estructura del cuenco. Después, llenarlo de agua. Después, beber.

III. Un comentario sobre el tiempo.

Quince días capitulan el tránsito de una mujer hacia la clarividencia de la vida adulta. El idealismo de Jonás Trueba concibe una Madrid puesta en bandeja a su protagonista: los personajes secundarios bailan alrededor de ella, dispuestos como pequeños engranajes para la configuración de su arco. Las intenciones cinematográficas siempre se verbalizan en el cine de Trueba, siguiendo el ejemplo del maestro venerado, Éric Rohmer. Al principio del film, al encontrarse con su viejo amigo en el museo, después de ocupar el espacio de la turista asiática, Eva explica: el verano es un tiempo perfecto para ser la mejor versión de uno mismo con libertad, sin soportar el yugo de la presión de los demás. Como en verano nadie espera nada de ti, es en verano cuando tus posibilidades de sorprender aumentan. Su amigo, contrapeso dramático, esgrime: «¿Y todas las parejas que rompen en verano?» Ella, en alza, se opone: «¿Y todas las que empiezan?»

El calendario de La virgen de agosto avanza lentamente, y Jonás Trueba no tiene reparos a la hora de deformar el paso del tiempo: unos días se alargan, cubriendo hasta 20 minutos del metraje, mientras que otros apenas pasan de puntillas, como meros lugares de paso a agotar antes de que las cosas de verdad terminen por suceder. Es en esos tránsitos, en esos huecos de la vida en los que el cine de Trueba ha terminado por encontrar su mayor hallazgo: el transformarse en una reivindicación del vacío como forma de realización. Durante esos días en los que permanece sola, tumbada en su sofá, comiendo sandía o jugando con el reflejo de su teléfono móvil en la pared, Eva despeja su inquietud: demuestra que, a fin de cuentas, no pasa nada por no hacer nada, que las cosas acaban sucediendo siempre, que el tiempo se pliega sobre sí mismo cuando uno lo acaricia con suavidad. 

La virgen de agosto concibe al tiempo como el principal enemigo de una generación golpeada por las prisas, por la agitación de tener que conocer todos los detalles de su futuro: su vocación, su empleo, su pareja, su descendencia, la ocupación de cada uno de los minutos posibles que quedan por llegar. De esta manera, su rebelión consiste en degradar los días hasta el punto de confundirlos entre ellos: a diferencia de lo que ocurría en El rayo verde, en la que los carteles que anunciaban cada día separaban claramente una escena de otra, aquí éstos funcionan a veces como meras interrupciones dentro de una misma línea de acción. Así, el mismo baile puede desplazarse con calma del 12 al 13 de agosto; la misma conversación puede extenderse del 4 al 5 de agosto. El tiempo acaba por derretirse tanto, expuesto al sol abrasador del verano madrileño, que uno acaba por ignorarlo. El viaje de La virgen de agosto sucede en otros cauces, en los arcos descritos por la identidad mutante de su protagonista. Ella es quien, en último término, domina los tiempos del film. Ella es quien decide cuándo los días pueden terminar.

IV. Un comentario sobre la mirada.

En La virgen de agosto hay restos ineludibles del romanticismo de Jonás Trueba, expresado con vehemencia en sus cuatro largometrajes previos —en el último de ellos, La reconquista, con mayor intensidad que en ningún otro—. Sin embargo, su trazo es siempre más limpio. El momento en que la protagonista se reencuentra con la esperanza amorosa es un claro ejemplo de ello: un personaje irrumpe en el plano, ante su atenta mirada, y todas las cosas se paran. La música desaparece, el tiempo se arranca de sí mismo y cuatro cuerdas son rasgadas en un océano de silencio, mientras en los enormes ojos de Itsaso Arana comienza a dibujarse una ilusión inédita a lo largo del film. A continuación, Trueba refrenda esta excitación empleando la música de Soleá Morente como acicate. Subida al escenario, canta: todavía tengo tiempo, todavía estoy aquí. El espectador, arrastrado por la mirada de Eva, siente que la cantante se está dirigiendo a la protagonista. La música se frena de nuevo, y es ella quien coge el testigo. La voz en off susurra lo mismo: todavía tengo tiempo, todavía estoy aquí. El centro de las cosas sigue siendo el mismo: abandonar la idea del tiempo perdido, regresar a la del tiempo recuperado.

Pese a esa herencia indiscutible, también resulta evidente el giro en la mirada de La virgen de agosto respecto a las películas previas de Trueba. Coescrita por la propia Itsaso Arana, esta cinta observa las cosas desde el lado que las anteriores idealizaban: el de la mujer. El personaje de Bárbara Lennie en Todas las canciones hablan de mí; el personaje de Isabelle Stoffel en Los ilusos; el personaje de Vahina Giocante en Los exiliados románticos; el personaje de la propia Itsaso Arana en La reconquista: todas ellas se observaban con la distancia de lo masculino, la distancia intrínseca a la escritura de Trueba.

Podríamos afirmar que La virgen de agosto es la primera película en la que el cineasta madrileño explicita lo político de su discurso, un aspecto algo velado y contextual en las demás. La naturalidad con la que Eva abronca una masculinidad tóxica, discute sobre el impacto de la menstruación en la conversación pública o halla espacios de sororidad en la mismísima astrología… acaban convergiendo en una conceptualización del embarazo, comprendido no como argumento de fertilidad sino como símbolo de orgullo, plenitud y poder.

V. Un comentario sobre el amor.

Sé que resulta difícil de creer,

En mi cabeza todavía resuena la carta que el personaje de Francesco Carril en La reconquista escribió con 15 años a la chica que entonces consideraba el amor de su vida. «Nosotros entendemos cosas que nadie más entiende, ni siquiera nosotros mismos de mayores». «Nos hemos conocido en el mejor momento posible«. En La virgen de agosto, esta celebración del presente como el único tiempo posible encuentra no sólo una extensión vocacional, sino un fuerte soporte estructural. Y, en último término, ¿por qué busca Jonás Trueba parar el tiempo con tanto esfuerzo? 

Cuando pienso en los amores que he perdido, me asalta una tristeza que no sé cómo resolver. Es posible que la solución que he pergeñado a tientas no sirva mucho en lo fáctico, pero a veces me calma en la oscuridad: últimamente no dejo de repetirme que nunca jamás he perdido nada. Que todas las cosas siguen aquí, que siempre es el mejor momento de nuestras vidas, que siempre es el momento en el que los ruidos se apagan y la figura del deseo irrumpe delante del mundo. Si el tiempo está parado para siempre, si el verano se extiende ante nosotros como una procesión eterna, entonces el amor no muere jamás. 

El amor no se muere nunca. Una paloma atraviesa el cielo y vuelve a atravesarlo y lo atraviesa una vez más y así todos los días. Sé que resulta difícil de creer. 

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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