Variaciones sobre el hombre incapaz

El de la masculinidad es un concepto en tela de juicio. Lo es porque, tras él, anida un constructo milenario de sometimiento por razón de género. Cabe pararse a pensar en por qué es en esta época tan fundamentada, a nivel de narrativa mediática, en el análisis burdo del acontecimiento como evento insólito —cuando lo cierto es que los acontecimientos analizados se suceden de forma periódica, sino diaria, como los actos estelares de un circo ambulante—, en la que se ha redirigido el debate hacia el replanteamiento de un concepto lingüístico como el de la masculinidad. Quizá tras toda esa pantalla de caos efectista resida la principal arma revolucionaria de esta generación: la del estudio del lenguaje como artefacto proyector de realidades. La de la remota idea de que cuestiones lingüísticamente asumidas como la masculinidad quizá escondan un enorme vacío de inexistencia. ¿Qué es lo masculino si se lo despoja de su entidad política? Posiblemente no sea nada. Posiblemente sea sólo una herramienta de poder vacía de contenido.

¿Por qué os cuento todo esto? Porque es posible que, tras todo el dispositivo narrativo de Memorias de un hombre en pijama, la nueva película de Carlos Fernández de Vigo —nominada a los próximos Premios Goya en la categoría de mejor película de animación—, se esconda una impresionista reflexión sobre lo masculino y sobre cómo el arquetipo de *hombre de frágil identidad sexual y grandes y profundas preocupaciones existenciales* ha sido retratado a lo largo de la historia del cine de forma recurrente como protagonista de innumerables comedias románticas. Considero, sin embargo, que otorgarle esa bandera a la película de Carlos Fernández de Vigo quizá sea atribuirle una ambición discursiva de la que carece, más allá de lo loable que pueda resultar el gesto que lleva a cabo.

Me reubico en mi disertación. No nos engañemos: Memorias de un hombre en pijama es, durante la mayor parte de su metraje, un espejo de todas esas comedias románticas mencionadas. El personaje principal, álter ego de su creador —el historietista valenciano Paco Roca, de cuyo cómic toma el material la adaptación cinematográfica que ahora llega a nuestras salas—, es exactamente el hombre previamente descrito. Paco, interpretado/doblado por Raúl Arévalo, es un joven ilustrador pesimista, solitario y obsesivo que encuentra un haz luminoso en su tránsito vital al cruzarse con Jilguero —con la voz de María Castro—. A partir de ahí, Memorias de un hombre en pijama se articula en torno al avance de la relación entre ambos, construida de forma irregular y ciertamente anticuada en el diseño de los afectos. Durante el visionado de la película es imposible no querer pensar que toda esa descripción compasiva del hombre celoso, posesivo y dominador no esté siendo aplicada como ejercicio paródico. Sin embargo —insisto, durante la mayor parte del metraje—, lo cierto es que parece no serlo.

Memorias de un hombre en pijama es una comedia romántica de corte tradicional, vaga en sus pretextos —ambos protagonistas no llegan nunca a superar el listón estereotípico, navegando siempre por la superficie— y algo inane en sus objetivos

Si analizamos la película teniendo en cuenta sólo su parte animada —que ocupa prácticamente la totalidad de la misma, exceptuando una pequeña escena de apertura y otra de cierre en la que Carlos Fernández de Vigo actualiza el discurso del film—, Memorias de un hombre en pijama es una comedia romántica de corte tradicional, vaga en sus pretextos —ambos protagonistas no llegan nunca a superar el listón estereotípico, navegando siempre por la superficie— y algo inane en sus objetivos. Se intuye por la reflexión final y el subrayado musical que, en última instancia, la película busca mirarse a sí misma al espejo y reflexionar sobre lo que ha hecho. Ese ejercicio resulta cuanto menos interesante, dado que el grueso de la misma está proyectado desde la visión de su propio antagonista —decisión narrativa que, claro está, lo justifica de manera continuada—. Esa pirueta final, aunque forzada y a destiempo, salva los muebles éticos de una cinta que, de lo contrario, habría resultado anacrónica por completo.

La animación de Memorias de un hombre en pijama tiende al colorismo reluciente: hay algo de saturación cromática y lumínica en su fotografía animada, desconectada de la tesitura narrativa del film, que vaga entre la melancólica obsesión de su protagonista y su ejercicio de objetualización de la persona amada. Esa luminosidad subraya el hecho de que la película no está contando esa historia desde lo paródico, ni acaso desde el ejercicio crítico. Por lo demás, el trabajo de las formas trata de aproximarse al estilo del cómic original de Paco Roca; buscando, claro, aprovechar las ventajas formales de la técnica cinematográfica: hay devaneos interesantes hacia lo onírico que, desafortunadamente y debido a lo inhábil del guión, acaban cayendo en la mera recreación estilística sin propósito narrativo.

Algo similar ocurre con la banda sonora, compuesta por completo por temas de Love of Lesbian —dos de ellos originales para la película—. La omnipresencia del grupo liderado por Santi Balmes —no sólo en lo extradiegético, sino dentro del propio espacio físico de la película y casi a modo de merchandising— acaba resultando tan machacona que, por momentos, da la impresión de que Memorias de un hombre en pijama se haya escrito a través de una recolección a posteriori de varias de sus canciones. La escasa consistencia narrativa y su falta de tino formal acaban convirtiendo a la película de Carlos Fernández de Vigo en un intento fallido de revisar la comedia romántica desde sus axiomas; así como de suceder a Arrugas dentro del apartado de cómics de Paco Roca trasladados con éxito a lo cinematográfico. Cabe añadir que el material original en este caso no era tan lúcido como el que adaptó Ignacio Herreras. La ejecución, claro, tampoco ha acompañado.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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