Ver la vida trabajando; por Alejandro Molina Bravo

Le cinéma c’est filmer la mort au travail.

Jean Cocteau

Este artículo me ha creado una crisis de identidad. Me gusta el cine. Me gusta desde que tengo memoria, desde las películas de Disney que mi hermano y yo veíamos embobados (Merlín, el encantador; La sirenita –mi abuela, por cierto, guardaba un gran parecido con Úrsula-; Alicia en el País de las Maravillas) hasta El secreto de la pirámide; 1, 2, 3… Splash o Big; también las películas de Indiana Jones y James Bond.

También me gusta el cine español. Pero no tengo recuerdos de mi infancia disfrutando del cine español. De hecho, ni siquiera tengo recuerdos de mi adolescencia disfrutando del cine español. Sé que había visto El día de la bestia y varias de Almodóvar, y que me impactó La buena estrella. Sé que había visto muchas otras películas, pero no recuerdo un interés especial por el cine español, ni por el cine en general. No sé por qué me gusta el cine, y mucho menos el español.

Mi primer recuerdo asociado al cine español es a los dieciocho años, al poco de entrar en la Universidad Complutense a cursar Comunicación Audiovisual, en la misma facultad en la que Alejandro Amenábar estudió (y no terminó) esa misma carrera y ambientó su ópera prima, Tesis. Me recuerdo imitando (como hicimos todos hasta convertirlo en un cliché), frente a las ya entonces desfasadas cámaras de las prácticas de realización, la famosa escena de Ana Torrent: «Me llamo Alejandro. Me van a matar.» Recuerdo que ese mismo curso se preestrenó allí mismo Volver, y que cuando volví a casa le dije a mi madre que la viera, que seguro que le gustaría. A mí madre le gustaba mucho Almodóvar, aunque no tanto sus primeras obras. Le gustaba Todo sobre mi madre, la cual vimos varias veces juntos (y animados por ella también vimos Eva al desnudo, como hacen los personajes), aunque yo le encontraba una pega: «Cecilia Roth no para de llorar en toda la película». Mi madre sonrió y sólo comprendí esa sonrisa años después.

Uno va a los mismos cines como al lugar del crimen o a los sepulcros

Recuerdo que en mi barrio había dos cines, uno a cada lado de mi casa, y que todavía a veces indico un lugar como «allí donde estaba el cine Florida». Allí vi El exorcista en su vuelta a los cines con motivo de su 25º aniversario, y no me dio ningún miedo, pues iba con una amiga del colegio que soltaba más blasfemias que Linda Blair. Esa misma niña había aparecido unos años antes como extra en una película: Los amantes del Círculo Polar, de Julio Medem. No la vi hasta mucho tiempo después y nunca encontré a mi amiga, a la que nunca volví a ver. Pero recuerdo esa película, y recuerdo descubrir con ella qué eran los palíndromos y prometerme a mí mismo que algún día vería el sol de medianoche. Lo vi, pero no en Finlandia, sino en Noruega, a donde mi hermano emigró hace años y ahora vive.

Recuerdo también haber visto El laberinto del fauno en unos cines de la Gran Vía que ahora son una tienda. Veo esa película cada vez que entro a comprarme una camiseta. También, en ese mismo cine (uno va a los mismos cines como al lugar del crimen o a los sepulcros), vi Mar adentro con mi amiga Estela. Observé su cara llorando cuando se encendieron las luces, con esa timidez que tenía al emocionarse. No sabía que su historia sería parecida y estaba cercana. Uno cree que tiene una vida hasta que ocurre algo que nos recuerda que no, que la vida es otra.

Fotograma de ‘Los amantes del Círculo Polar’, de Julio Medem

Recuerdo que hice una crítica sobre esa misma película para formar parte del jurado joven del Festival Internacional de Cine para la Infancia y la Juventud (FICI). Fui el presidente del jurado: tenía dieciocho años y era el mayor. Me presenté como meritorio en las dos ediciones siguientes, mientras hacía la carrera; ése fue mi primer acercamiento a las entretelas del cine desde el otro lado. Seguí estudiando y escribiendo críticas durante varios años para revistas digitales y periódicos locales. Acabé en otro país y en otro festival, el Spanisches Filmfest Berlin (SFFB), el festival de cine español de Berlín. Un festival apenas nacido, sustentado por amor al arte (y no es ésta una forma de hablar): expatriados entusiastas en Berlín que proyectaban películas empuñando únicamente su esfuerzo y tiempo. Traíamos las películas que nos gustaban y que queríamos que gustaran a otros: trajimos a Pablo Berger y su Blancanieves, Carlos Marques-Marcet nos presentó sus 10.000 km y lo mismo Marina Seresesky con La puerta abierta. Y así con Álvaro Cervantes; y Miki Esparbé y Betsy Túrnez, que presentaron El rey tuerto  y ganaron el premio del público, lo mismo que Jonás Trueba con Los ilusos. Trajimos películas grandes que garantizaban público, como Perdiendo el norte; también películas pequeñas, de financiación casi subterránea, como Berserker de Pablo Hernando con Ingrid García-Jonsson (que vino dos años seguidos y es exactamente tan espontánea y encantadora como en las entrevistas). Incluso ya de vuelta en Madrid seguí colaborando, por el mero gusto de ser un espectador activo. Eso y no otra cosa quizá sea yo, un espectador activo.

Recuerdo cuando Adrián Viéitez, a quien tan sólo conozco a través de las redes sociales a pesar de habernos cruzado en salas de cine sin vernos (como Ana y Otto en la Plaza Mayor), me pidió que escribiera un artículo. Dije que sí, entusiasta, sin dudarlo. Dije que sí porque, aunque no conozca a Adrián, me reconozco en él y en sus afanes y quijotadas de escritor sensible y espectador activo. Esta revista es uno de ellos.

Y algún día recordaré que no sabía cómo escribir este artículo y no sabía por qué me gustaba el cine. Y me responderé que quizá sea porque es una extensión de la vida, es otra vida, que empieza y termina, como este artículo y este año. Y cuando se encienden las luces, ahí está la nuestra, que sigue y es la misma y no lo es.

Alejandro Molina Bravo

Alejandro Molina Bravo

Charnego madrileño. Existo y escribo. No importa cuándo leas esto. Autor de #LosDías. A la venta en el link y librerías.

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