Víctimas y verdugos

Una familia vive inmersa en un profundo estado de alarma. Después de que su hijo se quedase en coma tras recibir una brutal paliza nocturna a la que nadie encuentra explicación, un padre busca venganza. Mientras, observa cómo se va distanciando progresivamente de su mujer y su hija, que lidian con el dolor de manera diferente a la suya. En un intento de acercamiento con la segunda, ésta le cuenta que su madre no ha parado de llorar en toda la noche. Él trata de aminorar su preocupación aduciendo que es algo lógico. Sin embargo, en un quiebro narrativo de Tu hijo, la película de Miguel Ángel Vivas en la que se encuadra la escena descrita, la hija —interpretada por Asia Ortega—, le contesta que no es por ella por quien se preocupa. Lo mira fijamente, con una expresión entre la rabia y el dolor, y le dice: “A ti aún no te he visto llorar”.

En ese margen entre dos narrativas paralelas se mueve constantemente el libreto firmado por el propio Miguel Ángel Vivas y Alberto Marini, que juega su mayor baza al perspectivismo. Ello se refrenda a través de la puesta en escena de Vivas, que coloca la cámara en la espalda de José Coronado, el encargado de dar vida a Jaime, un respetado doctor y padre de familia. La interpretación de Coronado, asimismo, funciona como artefacto disuasor. El actor madrileño, en una absoluta exhibición de poder transformador, induce al espectador en la espiral de su propia caída: la de un hombre que se precipita a la decadencia tras el trágico evento que sacude su vida.

Para comprender la magnitud de este dolor, Vivas y Marini se cercioran de que el vínculo paternofilial entre Jaime y Marcos —su hijo, encarnado con distractora luminosidad por Pol Monen— quede perfectamente definido antes del acontecimiento clave. Tu hijo dibuja con claridad un hogar dividido, una tímida pero latente fractura entre la masculinidad a la que se adhiere el padre y la feminidad representada por madre —Ana Wagener, a la que ya vimos brillar en El reino— e hija. Esa incomprensión hacia sensibilidades ajenas por parte de Jaime queda reflejada en la primera escena compartida con su hija, en la que ésta trata de mostrarle, ilusionada, unas fotografías que se ha tomado a sí misma para un proyecto —cabe destacar, para la correcta comprensión de lo descrito, que en dichas imágenes ella aparece relativamente desnuda—. Él las observa, visiblemente incómodo, y solo es capaz de decirle: “Son muy artísticas”.

El espectador, al estar la cámara constantemente adherida al personaje principal, no puede separar su punto de vista del de Jaime. Así que su drama es, inevitablemente, el nuestro: solo conocemos aquellas cosas que se nos muestran, y Miguel Ángel Vivas construye alrededor de su protagonista una especie de jaula de la que nosotros no podemos escapar

Así, la entrada en coma de Marcos lo sume en una profunda soledad dentro de su propia casa, en la que pronto comienza a convertirse en un extraño. Sin embargo, la cámara de Miguel Ángel Vivas sigue sin separarse de la espalda de José Coronado, acompañada por unos excelentes trabajos de Pedro J. Márquez —en la dirección de fotografía— y Vanesa de la Haza —en la dirección de arte—, que se dirigen ambos en el mismo sentido: el de reflejar la caída en desgracia del personaje, desde un arranque limpio, prioritariamente diúrno y luminoso —¡esa escena de padre e hijo corriendo por el paseo del Nervión!—; hasta llegar a unas escenas finales claustrofóbicas, sucias, siempre nocturnas.

El mencionado perspectivismo de Tu hijo se establece como un arma arrojadiza en sí mismo: la película contribuye a la creación de un discurso único, de una solitaria forma de enfrentarse a los hechos. El espectador, al estar la cámara constantemente adherida al personaje principal, no puede separar su punto de vista del de Jaime. Así que su drama es, inevitablemente, el nuestro: solo conocemos aquellas cosas que se nos muestran, y Miguel Ángel Vivas construye alrededor de su protagonista una especie de jaula de la que nosotros no podemos escapar. Comprendemos su tragedia, justificamos sus actos y nos compadecemos de su dolor. Es, durante el grueso de la película, la gran víctima —¡junto a su hijo, claro!— de todo lo que está ocurriendo. Un hombre descompuesto, alguien atizado injustamente por la vida.

Así que el cuerpo se hiela cuando, al final, las cosas se tuercen y se retuercen, y Vivas planta un espejo delante del espectador. Le grita: “¡Mírate! ¡Esto es todo lo que tú has justificado!” Entonces, la cámara se aleja y comienzan a brotar elementos que hasta el momento permanecen ocultos. Ya alejada del perspectivismo, Tu hijo se desvela como una voraz crítica contra sí misma, contra nosotros, contra el mundo de las huidas hacia adelante, de la escasez de empatía y la ausencia de contexto. Y uno recuerda aquella otra escena en la que Luis Bermejo, padre de otro de los personajes centrales del film —interpretado por Sergio Castellanos— y dueño de la discoteca en la que el hijo de Jaime pasó la noche en que fue agredido, se acerca a él en el hospital y le dice: “Tanto tú como yo somos víctimas”. Y, de pronto, todas las cosas que uno creía se vienen abajo. Y no hay nada más terrible en esta vida.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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