Xacio Baño: «La familia es una de las grandes mentiras que hemos diseñado como sociedad»

Como pequeños núcleos de seres efímeros; como inmóviles partículas de viento estancadas en un espacio finito. El estudio de la familia como núcleo afectivo de la sociedad moderna —y no tan moderna— es un tema recurrente en el cine contemporáneo —y no tan contemporáneo—. Es lógico, en cierta medida: resulta complicado hablar de nuestros afectos sin referenciar nuestras raíces. La forma en que Xacio Baño (Xove, 1983) se aproxima a este concepto, sin embargo, desencaja algo en nuestra perspectiva. ¿Qué es esa tristeza incrustada, qué es esa suciedad en las paredes? La familia, en Trote, es una dimensión inhóspita. En el primer largometraje de ficción de este cineasta gallego, el núcleo familiar es un ente opresivo y desprovisto de afectos que nos remite a la reciente Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda, Palma de Oro en la última edición de Cannes. ¿Es necesariamente la familia biológica el entorno adecuado para la construcción y desarrollo de nuestra personalidad?

Xacio, Xacio, Xacio. Posiblemente hablemos del primer cineasta de la historia con este nombre. La irrupción del nuevo cine gallego tiene mucho que ver con la aparición de estos nombres tan arraigados al noroeste peninsular: Lois Patiño, Anxos Fazáns, Andrés Goteira, Alberto Gracia, David Hernández. Esto ya no es anecdótico. Esto es una realidad. Cabe destacar, sin embargo, que Xacio Baño no se ha vuelto cineasta de repente, por el mero hecho de haber debutado en el mundo del largometraje. Él ya lleva unos cuantos años haciendo cine. «Tenía claro que no podía enfrentarme a Trote pensándola en clave de ópera prima o primera película. Sería darle una importancia que, para mí, no tiene. Para mí los cortos son igual de importantes que los largos. Al final, ambos son creaciones, y a mí me desvive tanto una cosa como la otra. No me interesa hablar de duraciones, me interesa que las cosas que hago me inciten a explorar cosas nuevas; quiero que mis películas me lleven de un sitio a otro y me hagan crecer«.

Después de una serie de cortometrajes en los que centró buena parte de sus esfuerzos en la exploración de los dispositivos formales, Xacio Baño decidió recogerse y, para su primer largo, ejecutar un camino de vuelta hacia lo íntimo. «Quise hacer una película que no me resultase conservadora como creador; ir a sitios desconocidos, explorar una nueva narrativa y una nueva relación con los actores y el drama. Siempre hay otros suelos de pizarra donde pisar«. El lirismo se escapa de la boca de Xacio, que habla de su película con la distancia de un creador que es consciente de que el lenguaje fílmico es ajeno a la descripción verbal. Su referencia a él es respetuosa y lejana, pese a tratarse de una aproximación a su propia película.

Está todo muy relacionado con la forma en que, en el siglo XXI, nos enfrentamos a la muerte y a las emociones fuertes. Elegimos qué es lo que queremos que vean los demás. Dentro de las paredes de nuestra casa somos una persona y, en cuanto las traspasamos, nos transformamos en otra

Su ambición por explorar siempre nuevos territorios chocaba con su voluntad de ejecutar un proyecto más contenido como Trote, así que, por primera vez en su carrera, contrató a un guionista para escribirla junto a él. El elegido fue Diego Ameixeiras. «Necesitaba a alguien que me fuese diciendo qué es lo normal en cada momento. Él me iba diciendo: ahora lo lógico es que x personaje haga x cosa; yo le contestaba: ¿y qué pasa si quitamos esto? ¿y qué pasa si no resolvemos este conflicto? Por ahí, por el medio de ambos caminos, encontramos el sitio de Trote. Muchas veces, el apoyo de Diego como persona que me recordase el lugar del suelo me sirvió para reafirmarme en mis ideas, es decir, en que si lo normal era tirar por un lado, yo debía hacerlo en la dirección contraria». El hecho de hacer un largometraje es, en muchos casos, un proceso complejo y arduo. No ha sido el caso de Trote, un largo en el que las cosas han fluido con naturalidad. «Era consciente de que era una ocasión especial, así que decidí tratarla como si no lo fuese. No quería asegurar, quería disfrutarla. No quería planificarlo en exceso, porque es lo que hice con Anacos y… al final, no le dejé espacio para que ocurriesen cosas en ella».

En Trote, Xacio Baño se acerca a la familia, como ya había hecho, por ejemplo, en Ser e voltar. Aquí, sin embargo, la aproximación se traza desde la perspectiva del contraste entre el concepto del grupo y el del individuo. «Me interesaba confrontar nuestro lado humano y nuestro lado animal. Mi abuelo falleció hace dos años y yo me vi en esa tesitura, la de preguntarme si debía acariciar o correr y pensar que la muerte es natural. Era importante para mí que este choque se expresase ya no sólo a través del contenido, sino de la expresión formal: la película parte de un lugar más frío, más helado. Los personajes, al principio, están pensando qué es lo que quieren mostrar. Está todo muy relacionado con la forma en que, en el siglo XXI, nos enfrentamos a la muerte y a las emociones fuertes. Elegimos qué es lo que queremos que vean los demás. Dentro de las paredes de nuestra casa somos una persona y, en cuanto las traspasamos, nos transformamos en otra. Restringimos nuestra personalidad para protegernos. A mí no me interesaba contar lo que pasa fuera, sino lo que ocurre hacia dentro. El empleo de lo animal, de lo visceral que late en el fondo, era fundamental tanto desde lo argumental como desde la forma para que la película se resolviese a sí misma. Tanto los personajes como la película exigen, en cierto momento, que se abandone la frialdad y se los deje correr libres, como a los caballos; hay que acabar soltándolos».

Para contar todo esto, Xacio Baño retrocede a sus orígenes y los reimagina. Ubica la acción en Galicia, sí, pero en una Galicia dislocada de su propia realidad. «La de Trote es una Galicia mágica. Mezclo mi memoria de la montaña ourensana con una tradición como a rapa das bestas, y lo cuento todo de una manera —empleando muchos planos cerrados, muchos interiores— con la que resulta muy complicado identificar la localización. Para mí era más importante acercar la acción al concepto de la intimidad. Era fundamental lo no dicho, el estudio de las relaciones familiares, de las miradas. Y, sobre todas las cosas, era primordial definir el tempo del rural. Creo que es muy usual que se cuente el rural con los códigos del urbano, y no sólo en el cine español. Y sucede porque se tiene la perspectiva del mundo rural como algo vinculado al verano, a la piscina: se tiene ese punto de vista porque no se conoce realmente. El rural tiene fiestas, sí, pero también tiene muchos otros días. Hay que vivir allí, conocer sus rutinas. Tiene un tempo muy concreto que es preciso respetar: de lo contrario, es imposible conectar con los personajes«.

Por lo general, los animales tienen unos meses de crianza y, después de eso, hacen su vida de forma independiente. La sociedad humana busca establecer una serie de vínculos que, hasta hace poco, eran inquebrantables, véase el matrimonio. Todos ellos se iban a ir por los aires en el momento en que uno se girase hacia sí mismo y se diese cuenta de lo que quiere en realidad

La protagonista de Trote, Carme, está interpretada por la actriz María Vázquez (Vigo, 1979). Su personaje, tras sufrir la pérdida de su madre, se replantea por completo su función dentro del engranaje familiar. Anclada en el pueblo de sus padres, Carme no pudo salir de allí y formar una familia como hizo su hermano, interpretado por Diego Anido, que ahora vuelve para el funeral. Aplastada por una rutina junto a un padre inhábil para comunicarse —encarnado por Celso Bugallo—, en el personaje de María Vázquez comienza a latir la necesidad de escapar. Ella lo explica así: «La condena de Carme es lo establecido. Es algo inconsciente, de lo que ella no se da cuenta hasta el momento de la muerte de su madre. Entonces, se para y empieza a cuestionárselo todo. Es algo muy frecuente en las familias, el no saber si lo que haces procede realmente de tu voluntad o de una imposición externa que, a menudo, llega desde tus propios padres«.

Xacio y María dialogan sobre Trote, y este periodista se hace a un lado —y se despide, en silencio—:

X: Ocurre mucho, sí. Además de en el ámbito familiar, también es común en las relaciones de pareja. En cierto momento, te olvidas de reclamar tu espacio.

M: Sí. Y lo bueno de que Trote esté contada desde la perspectiva familiar es que habla de una entidad que tenemos muy arraigada. Están muy presentes el juego de lealtades y el miedo a que, si hacemos algo, nos dejen de querer. A que nos rechacen. Hay una carga añadida, presente por la necesidad de pertenecer al clan familiar. Como si, al dar un paso en falso, se dejase de pertenecer a él.

X: Es que la familia es una de las grandes mentiras —o imposiciones— que hemos diseñado como sociedad. Al final, lastran mucho a mucha gente. Si lo piensas, es antinatura. Por lo general, los animales tienen unos meses de crianza y, después de eso, hacen su vida de forma independiente. La sociedad humana busca establecer una serie de vínculos que, hasta hace poco, eran inquebrantables, véase el matrimonio. Todos ellos se iban a ir por los aires en el momento en que uno se girase hacia sí mismo y se diese cuenta de lo que quiere en realidad. ¿Quién puede estar toda la vida con una pareja? Quieras que no, vas a encontrar puntos de conflicto. Hasta hace nada… te los tragabas. Pero ha llegado un momento en que nos paramos y nos decimos: yo quiero, yo necesito. Y todo estalla.

M: En ese sentido, creo que Trote habla también sobre la modificación de las estructuras de las familias occidentales. Realmente no sabemos si antes, con su forma de vida tan ajustada al núcleo familiar, eran o no felices. Quizá no se planteasen la cuestión de la felicidad. Incluso es posible que el mero hecho de planteárselo o pensar en hacerlo los hiciese sentirse culpables. Aún hay gente que piensa que llevar a tu madre anciana a una residencia te convierte en una mala persona. Qué ideas más locas construimos, ¿verdad? Lo lógico es que tú puedas pensar en ti. Si te cuidas a ti mismo, mejor podrás cuidar a los demás, digo yo. Pero permanece ese concepto antiguo de que, si piensas en ti mismo, estás automáticamente olvidándote del resto de la humanidad.

X: No sé si antes eran más felices o no, pero sí creo que tenían como un estatus que sentían que tenían que preservar. Preferían incluso dormir en camas separadas que romper un matrimonio. Yo creo que hay muchos matrimonios infelicísimos, lo puedo ver en las caras de la gente, y pienso para mí mismo: esta gente estaría mucho mejor separada. Pero hay que ser muy valiente para romper con un concepto arraigado a la época en la que te criaste.

M: Es que yo he visto a tías abuelas mías encerradas durante años en sus casas, durmiendo en habitaciones separadas con unos maridos que apenas les dirigían la palabra.

X: Ese silencio creo que está muy ligado a la iglesia. Es una cuestión que está un poco de soslayo en la película pero que yo creí fundamental que lo bañase todo. La iglesia define, aún hoy, muchas relaciones sociales.

M: Sí. Es clave el qué dirán y, en ese sentido, el papel de la iglesia es muy importante para restringir los actos. Por eso a mí me parece que la escena en la que, tras la muerte de su madre, Carme decide ir a la fiesta del pueblo, es muy poderosa. Hay muchas cosas tras esa decisión, es un acto muy valiente de liberación del yugo de los demás.

X: Después, dentro de las familias rurales, hay otra cosa muy importante que también quise plasmar en Trote, que son los silencios. La familia se construye un poco en torno a problemas que no se hablan, que no se solucionan. Cuando se habla, se habla de lo fácil. Lo otro está ahí, enquistado. Cuando ocurre una tragedia como la que sacude a la familia de la película, todo estalla. La generación de la posguerra tenía algo capado. Se le habían inducido una serie de conceptos inamovibles: no llores como una niña, no vayas sola a la fiesta, la educación de los niños es cosa de la madre

M: Para mí, como actriz, interpretar esa no expresión fue todo un reto. Actoralmente, lo general es trabajar con tus emociones y, sin embargo, en Trote tenía que despojarme de ellas pero no mostrar una expresión neutra. Tenía, por así decirlo, que ponerme muchas capas. Tenía que conseguir que las emociones de mi personaje sucediesen en un fuero muy interno, casi invisible. Lo cierto es que con Trote me he aproximado a otro lenguaje audiovisual, he disfrutado mucho de tu mirada.

X: Al final, esto no es más que un juego para todos nosotros. Todos tenemos que ser muy generosos en el esfuerzo y que confiar en los demás. Hay que tener cuidado con el oleaje, pero si achicamos agua entre todos quizá lleguemos a un lugar bonito. Igual atracamos, después de la tormenta, en una playa que no esperábamos.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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